viernes, 21 de octubre de 2011

Mientras (no) te espero.


Una vez escuché que debíamos cambiar, que la noche era una manera de estar triste y que el sol era una mala persona. ¿Tenía eso algún sentido, Andrés? Mientras yo me sacaba la chaqueta tú me la ponías y me besabas la frente, no, Ale, solo somos amigos. ¿Tan evidentes eran mis ojos? Yo sabía que los gatos tenían siete vidas y que tú solo querías una de ellas conmigo, pero ¿por qué te corrías de mis sonrisas, Andrés? El número de la suerte, el teléfono del amor de tu vida está en el boleto de combi que se te cayó por darle asiento a esa señora embarazada. Fuiste educado, pero perdiste la felicidad, ¿entiendes adónde pretendo llegar? Tú crees que ya me perdiste, que ya me senté en ese avión que parte más tarde a Europa, pero no es verdad, el avión tiene cuatro ruedas y puedo morir por un conductor ciego y Europa se llama un pueblito olvidado de Perú. Allá me esperan muchas ganas de aprender y jugar y dibujar y tomar fotos de un cielo que va del gris al amarillo y del recuerdo al olvido. Ponte tus audífonos porque el ruido que voy a hacer te va a despertar, y las gotas de esa bolsita se pueden reventar. Estamos yendo a Miraflores, tú estás manejando muy rápido y no me escuchas, está lloviendo y el señor que sufre de diabetes está gritando gol peruano, Perú le gana a alguien, ¿a quién? Cómo saberlo, el televisor es blanco y negro y no sé qué equipo es, mi mamá me deja sola en un parque, yo corro y lloro, no me sueltes la mano, Andrés. Yo te quiero. Hay un grano de café en tu mesita de noche, un encendedor-linterna y un libro de él. No del encendedor-linterna, aunque probablemente sepa escribir literatura. Porque el que prende un cigarro sabe por dónde va el asunto de la muerte y de la vida. Y el que lo apaga en un parque vacío frente a un árbol del que se cayó de niño  sabe que le queda un año más de vida. No me digas que mi cabello es una suerte de media luna vista desde una ventana medio abierta. Y esa subida en la Av. La Marina, siempre flores e iglesias, pero nunca muerte, nunca caídas en la línea de tiempo del corazón. Nunca. Porque esa madrugada casi muero de fiebre y tú me llamaste y mi dolor de cabeza se fue en señal abierta. Siempre dijiste que tengo una manera rara de esperar algo  y que suelo meterme en problemas tontos, como recordar mucho una historia que no es mía  o comprar libros y perderlos. ¿Recuerdas lo que te conté en el colegio? Que quería trascender, pero no el tipo de trascendencia que te lleva a ser el nombre de una calle principal, sino una trascendencia que lleve a las personas a pensar en mí mientras viajan en un micro, mirando el último piso de los edificios, pensando en cosas que el pata de al costado cree una pérdida de tiempo. ¿Te acuerdas? Mi cabeza está llena de árboles y de señales borrosas, llena de tiempos perdidos, de cigarrillos apagados y fosforescentes, de música suave y fuerte, de aromas, de sonrisas orgullosas y de malas actitudes. Tú no te vas a morir hoy, Andrés. Ni siquiera lo pienses, no me engañes con ella, no me digas que no la extrañas. Nunca me quisiste de esta manera. ¿De cuál? De esta, pues, cuando se te cierra la garganta y sientes que has perdido a un gran amigo, que las horas pasan y no me hablas y me pongo triste, ya no quiero hablar contigo, pero ya me acostumbré a que querer no es poder. Quiero perderme en mi cama, que mi almohada sea un borrador gigante y que San Marcos me deje entrar sin examen, y morir (nacer) leyendo en el pasto que está mojado y que me sirve de tinta. Andrés, deja que te cuente una historia. Una vez una chica llamada Ale se dio cuenta de que estaba enferma, que la solución la tenían algunas palabras, palabras como dormir y sonreír y olvidar más y enamorarse menos. Y bueno, ella se dio cuenta de que las medicinas estaban en su escritorio y que querer a Andrés le hacía mal y que no sabía escribir cuentos, y que su relación con la literatura era solo leer libros y un blog gris y con doce seguidores. ¿Ves que ya no invento nada y que soy sincera? ¿Que ya no me da miedo decirte, decirle a Andrés que lo quise mucho y que ahora mi amor por él es más sano? Mi idea se quedó dormida en el micro y ya la olvidé, puedes desaparecer, Andrés, yo nunca me enamoraría de mi amigo invisible que sale por la puerta de mi cuarto, y estamos 1999 y soy muy muy delgada y tengo asma y ya no quiero fumar.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Sepia

Siempre he odiado los timbres, el de mi casa, el del teléfono, el del colegio, el de Pamer. Donde todos veían la oportunidad de salir de clases o de contactarse con alguien, yo veía un llamado a la realidad, la peor manera de enfrentarme a un examen que, sin llegar, ya me tenía bastante asustada. David trata de alegrarme las mañanas con una canción, hoy ha traído toda la discografía de Café Tacuba. Yo le regalo una sonrisa a medias y escojo Quiero ver. Nos ponemos rojos, yo lo abrazo fuerte y le digo que somos muy tontos como para empezar a querernos y malograr nuestra complicidad. Además, el sigue sufriendo por Fabiola, su ex, y yo empiezo a sufrir por Andrés. La primera clase del día es Lenguaje, curso fijo en mi carrera. El profesor tiene pinta de escritor, lentes negros gruesos, bigote abundante, voz eterna. Pero lo que tiene de escritor lo tiene también de jodido, sabe que no sé su curso porque me aburre leer tanta teoría y me saca a orales. Técnica utilizada para que todo el salón mire directamente al tarado que no quiere ser cachimbo. Yo estoy con una chompa azul y un pantalón gris, mi cabello está alborotado, mis ojos tienen una tenue línea negra, me dirijo a la pizarra sin ganas, con cara de bóteme de una vez y evitemos la vergüenza. Pero el profesor me sonríe y me dice que me pare al costado de Eduardo, un pata que va a Ingenería y que odia todo lo que tenga que ver con letras. Lo malo de este rincón del salón es que se puede ver todo, miro el fondo del salón y encuentro a Andrés coqueteando con una chica alta y maquillada hasta los huesos, se da cuenta que lo miro y me saluda.  Las preguntas empiezan y yo no pienso en nada, Lima parece estar quieta a esa hora de la mañana, tiene un color indescriptible, el color de la tristeza, tal vez. Veo que una chica levanta la mano, responde, aplausos, se sienta. Quedamos tres en la pizarra, yo soy la única de letras, a los otros siempre los perdonan porque ellos saben matemáticas, pues. ¿Y tú qué sabes, Alejandra? No todo el examen es Literatura. Para mi buena suerte, sacan a un amigo que va a mi facultad, porque estuvo fastidiando al profe, empiezo a reírme, ponen a Alex a mi costado y le digo ¿sabes? No, Ale. Cinco preguntas más, nadie responde, el salón nos mira mal, piensan que somos unos irresponsables, que no nos tomamos nada en serio, que hemos llegado a la academia a hacer vida social, que no vamos a ingresar. La mitad del salón, claro, porque la otra mitad tiene la misma mirada perdida que yo. Pienso que la vocación es un tema delicado, y que a los diecisiete años uno recién descubre que hay vida después del colegio y que la vida es dura y que si mamá está enferma qué va a ser de mí. Y mi papá vendrá a recogerme y me dirá que si no ingreso me voy olvidando de la universidad y voy preparando mi CV. Y llega una pregunta de fundamentos visuales y respondo desde mi sitio, y es ahí donde me doy cuenta de todo, ya no estoy en Pamer, estoy en una clase de Diseño Gráfico, me siento mal y me llevan a la enfermería, hace días que no duermo. Lo que más me duele es que en este salón con vista privilegiada a San Isidro, no hay un Andrés por quien morir todos los días, como sí el dolor fuera algo bueno, como si el amor (¿o la ilusión?) fuera una condición para estar vivos. Las palabras de Jesús me golpean por segunda vez, ¿cómo no sabes lenguaje si vas a Comunicaciones?, yo miro a otro lado, no puedo enfrentar su cara, porque en ese momento tiene una expresión muy parecida a la verdad. Entramos al salón para sacar nuestros libros, yo levanto mi mochila, mi celular está abierto, hay un mensaje, salgo en cinco minutos y hablamos un ratito. David me llama, no volteo, luego me siento mal. Mi tutora me manda al balcón, como si yo hablara mucho y fuera a fomentar el desorden, sonrío y aprovecho para tomar fotos, cinco imágenes en sepia, el color del día. El color de todos los días de ese invierno del 2009. Abro mi mochila y saco mi libro, mi celular vibra, es David. Supongo que siempre esperaste esto, Ale, un castigo por no estudiar, una manera de negar tu pasado en el colegio. Me gusta su reflexión, cuando llegué a Pamer decidí pasar desapercibida, lograr que los profesores no sepan mi apellido, buscar un espacio propio, marcar los límites de mi soledad y estudiar hasta ingresar a la universidad; pero la realidad se ha distorsionado un poco, la siempre metiche ficción ha decidido jugar un poco con la historia, volver esta etapa de preparación en un sinfín de nuevas experiencias, en un susurro que grita es hora de vivir. No seas tonto, David, el único castigo que espero es la indiferencia, pero Jesús ya me tiene en la mira, estoy segura de que me toma como un reto, va a perder todo lo que esté apostando porque yo ni fregando ingreso en septiembre. David va a abrazarme, pero yo me adelanto y le digo que lo quiero un montón, que lo único bueno de estar afuera es que él va mucho al baño justo cuando me botan. Me sorprenden mis palabras, no suelo decir lo que siento con tanta naturalidad, siento       que mis mejillas están carbonizándose y confirmo mi estado de vergüenza, con su te has puesto roja. Empiezo a estudiar la primera unidad, encuentro una tonelada de anotaciones en las hojas, lo escribo en mi cuaderno, resalto las ideas que parecen importantes, pienso en Alfredo Bryce Echenique y Cynthia, la hermana de Julius. Soy la única del grupo que se concentra, los demás están resolviendo la tarea de álgebra, los ejercicios más trancas, los que solo me pueden salir con la ayuda de Manuel, el asesor rocker.  Jesús sale y nos llama, todos van cabizbajos a la puerta, yo estoy muy distraída como para tenerle miedo al profesor, tres preguntas y entran, compromiso de oral para la otra semana, quiero que ingresen, no que mueran de frío en el balcón, yo ingresé a la primera, comunicación social es una carrera alta, casi inalcanzable. Levanto la mano las tres veces, Jesús me dice que sí sé, solo que no me da la gana de estudiar, que eso es lo peor. Yo no sé qué cara pongo, guardo mis cosas y entro. Andrés sigue coqueteando, esta vez ha cambiado de chica, la misma técnica, pienso. Me siento en el medio, mi amiga Ruth me da su cuaderno y yo le digo que en el recreo me pongo al día. Son apenas las 10 de la mañana y ya me siento cansada, me recuesto en la carpeta y pienso en Dios, en las conversaciones que hemos dejado de tener, en ese escenario blanco que tantas veces me hizo perder la noción del tiempo. Me paso toda la clase mirando la pizarra y tomando apuntes, me atrevo a resolver la tarea que ya repartieron y le hago unas cuantas preguntas a Jesús, entiendo claramente todo lo que me dice, pero sé, también, que el oral de la semana siguiente va a ser un fracaso y el balcón me espera y un mensaje de David, también.

El timbre otra vez, tengo ganas de llorar, decido no salir al patio, veo desde mi carpeta que David se va con una chica de cabello largo y castaño, me alegro por él. Andrés aparece en mi carpeta y me besa la mejilla, se queda apoyado en mi hombro esperando que yo le diga algo, que le prometa que la próxima si estudio; no obstante, mi respuesta es un silencio largo e incómodo, Fiorella viene y se lo lleva, la odio.
No estoy enamorada de él. No lo amo, no muero por él. Solo me siento mal cuando lo veo, cuando me habla y en especial, cuando descubro todo lo común que tenemos. Y recuerdo esa frase, él metió mariposas a la fuerza en mi estómago, y me pongo triste porque algo de cierto tienen las frases que hablan de amor, pero me voy corriendo, odio tanta cursilería, y estoy leyendo un poema de él, el cual bajo ninguna circunstancia es para mí.

martes, 20 de septiembre de 2011

Boletos de combi

"But as long as you still keep pepperin' the pill
You'll find a way to spit it out, again".

Alex Turner.



Estoy caminando despacio, hasta podría decir que cuento mis pasos, una calle me parece conocida, se llama Av. Soledad. Podría decirse, también, que estoy mejor que antes, que hoy no ha llovido y que el cielo está gris por puro placer. Saco la dirección de mi bolsillo y busco los números, estoy bastante lejos de mi destino, así que decido tomar un micro, al parque Kennedy, por favor. Estoy nerviosa, paso las canciones del MP3 y no las escucho, juego con los audífonos, me pongo roja, y en ese momento, la voz infinita de Cerati me dice que el vacío es un lugar normal. Le creo, es un lugar normal y muy recurrido.  Bajo, me chocó con un grupo de chicos con dreads, uno de ellos me sonríe, algún efecto tiene este polo de Led Zeppelin. Mi cabeza se divide en dos, el corazón de la razón me dice que no cruce, que este dejó de ser un juego de niños hace tiempo. Me miro con desprecio, porque siempre Miraflores termina siendo el peor lugar, nostalgia tonta, miradas avergonzadas, cigarrillos elocuentes. La temperatura ha disminuido, lo sienten mis manos, no sé si soy la única que nota lo gélido del clima o es mi nerviosismo, el cual hace que mi presión caiga en un tobogán, tengo ganas de hacer pila, me arden los ojos porque los he delineado, corro al baño. Cruzo la pista y según yo, esa vana acción me hace madura. Recuerdo cosas que en realidad nunca pasaron y me siento en una maceta gigante a esperar. A esperar más. A seguir esperando. A esperar por última vez. Prendo un Lucky y empieza mi pelea cotidiana con el tabaco. No, hoy no me mareas, hoy no me siento triste, hoy voy a aclarar todo, hoy te fumo sin remordimientos, hoy no está mamá reventándome el celular, hoy soy grande. La mano cálida de Alex revive momentos malos, pasan los años y lo veo incrustado en otra historia mía, lo miro fijamente (como nunca) y lo abrazo. Suspiro en su hombro y siento como los gatos del parque juegan con los pesos que me voy quitando de encima. “El problema es que Alex no existe, Ana, tú lo inventaste”.  Siempre él habla más que yo, así que decido contarle algunas cosas, estoy leyendo a Vargas Llosa y a Cortázar, siento que estoy metida en el paréntesis de un paréntesis, ¿entiendes?, como si la felicidad y la tristeza fuera prescindibles, igual mi vida sigue tornándose muy filosófica y como hay mucho tiempo…Llegamos a este lugar, una banca, una escultura de Szyszlo, el mar, mi verdad. Abro mi bolso y saco un clip. Le digo que me dé su mano, él se ríe. La abro y pongo un clip violeta entre sus dedos, la cierro. Ya no te puedo ver más, Alex. Tú no dices nada, parece no importarte, es viernes así que puedes irte. Seguro más tarde saldrás y bueno, no me importa (¿no me importa(s)?). Lo del clip está clarísimo, en él te estás llevando todos los correos, todos lo papelitos escritos en cualquier lugar, todas las canciones, todos los sentimientos volubles, todos los “te extraño” y los “te odio” también. Te sonrío y bajo la mirada, y pensar que había imaginado este momento muchas veces. Pero así es todo, plano, indistinto, tonto, amarillo. Me quedo sola y veo cómo te marchas con las manos en los bolsillos, no sé si estás triste. Te cambio por el mar, lo miro a él y lloro. Lloro para adentro, me trago mis lágrimas, recuerdo lo que dije hace varios años atrás, “yo nunca voy a llorar por un chico”. Y es verdad, Alex, tú no eres un chico, eres un invento mío. Chau, Alex, te quiero mucho, pero no debo hacerlo. Hoy soy grande, hoy mamá no revienta mi celular, hoy fumo y no me mareo.

(Cada vez que vuelvo a pensar en él, una melodía borrosa cruza mi cerebro, es como si cambiara de estación a cada rato, como si buscara una canción que encaje con mi rara relación con él, pero el resultado es desfavorable: no existe tal tropiezo musical)(Ana había llegado  a ese nivel de tristeza al cual yo solo puedo llegar después de varias copas. Me dijo que la disculpara, que se sentía muy tonta porque no sabía el motivo de su llanto)( Había cambiado las galletitas por cigarros light, guardaba fotos en blanco y negro, se sentaba a pensar. Ana se había convertido en una espectadora de la vida, en un ser humano transparente que caminaba rápido. No sentía el calor de su hogar, no quería hablar de cosas tristes con nadie, no podía escribir como antes. Sus frases y sus acciones resultaban torpes e infantiles, hacía todo lo posible por demostrar que había crecido, que esas ojeras y esas sonrisas forzadas eran parte de un cambio. Ana cree que Fabián es superior, lo mira distinto, espera algo de él. Pero no hay respuestas, el brillo de sus ojos la delata)( La niña que corría despacio y nunca podía quedarse afuera pasadas las 6 y 30 de la tarde se ha convertido en una mezcla rara de confusiones vocacionales, de vacíos infinitos en el estómago y de mirada triste. Hoy me duele no poder escribir como antes, sentir que mi mano y las palabras se han peleado, ver dormir a mi fluidez literaria, pasar madrugadas sin crear ni una sola oración, fumar compulsivamente pensando en que la Literatura y yo estamos en una relación complicada y abierta, tan abierta que no existe ningún tipo de compromiso).

-Es todo por hoy, Ale. La próxima que sea Ale la que crezca y no Ana.
Abro mi bolso y saco mi billetera, hay muchas cosas, encuentro un clip en el piso y lo guardo, se mezcla entre mis boletos de combi y mi carnet de estudiante. Salgo del consultorio de Kike y no hace frío.




martes, 28 de junio de 2011

Mi papá no es un héroe

El te quiero tenía el nauseabundo olor de la cerveza, mi cerquillo había absorbido todo el humo del tabaco que aún saboreabas, papá. Tenía cinco años, un vestido blanco y una altura desde la cual podía admirarte. Fue la única vez que lo dijiste, según los claros recuerdos que tengo de mi niñez, tiempos en los que la sobreprotección de mamá y tu frialdad me confundían. Había sido una mala noche, mi pareja de promoción no quiso bailar conmigo, fue la primera vez que experimenté el rechazo de un chico (y no la última). Lloré en un rincón del local, pensando que no era bonita, que Timoteo era un chico disfrazado y que la vida era triste, muy triste. Ahora veo esa foto, en la que salgo con una sonrisa a medias, sosteniendo mi diploma de graduada, atrás hay una mesa llena de bocaditos, una torta parecida a la de los matrimonios, el espejo refleja a mis amigos bailando. El cerquillo me cubre un poco los ojos, mi rostro muestra unas incontenibles ganas de huir.  Creo que se llamaba Alfonso, faltamos el día que eligieron las parejas. Yo había pasado la mañana de aquel lunes en el hospital del Niño, mi otra casa, como decían mis primos. El asma era una especie de defecto que me convertía en una niña enfermiza y miedosa. Nunca olvido ese reloj de Hello Kitty que colgaba en el consultorio de nebulizaciones, un humo transparente salía de mi rostro, un humo que recuerdo cuando decido comprarme un Lucky. Su terno y su cabello corto me dijeron no, no quiero bailar contigo. Mi mamá quiso matarlo con la mirada, pero en ese momento yo ya me había ido corriendo, a buscar a mi papá, supongo. Lo encontré con los papás de mis amigos, quise llamarlo, hacerle alguna señal, mandarle un mensaje secreto, esos que suelen tener los padres y sus hijos. Al no encontrar respuesta, regresé a la fiesta, a ese mundo pequeño lleno de bailes felices y zapatos de charol. Jorgito accedió bailar conmigo, Abelardo también. En ese momento, no me sentí tan mal, un pedazo de torta llena de crema chantilly terminó por sacarme una sonrisa un poco deshonesta. No imaginaba que al final del día iba a recibir el abrazo de papá, un abrazo al que accedí en el aire, porque me tenía cargada. Nunca te he vuelto a ver tan cariñoso papá. Muchas veces me he preguntado (y me han preguntado) por qué soy tan fría, por qué tengo esa manera tan lejana de abrazar. Y mi respuesta es que no me gustan los abrazos, que me asfixia tanta demostración de afecto. Pero no es verdad, no me permito ser tan expresiva porque me da miedo, porque la imagen del hombre perfecto (hablo de ti papá) nunca me enseñó a querer tan abiertamente. Claro que si yo hubiera aprendido de mamá, sería la persona más cariñosa del mundo. Sin embargo, como ya lo mencioné, fue difícil vivir en esos mundos paralelos, la frialdad e incluso indiferencia versus la extrema atención. Además siempre pienso que el fin perfecto de un abrazo es el llanto. Como el abrazo que me dio mi prima Cathy, ese domingo que lloré hasta el cansancio por la salud de mamá. ¿Recuerdas la vez que te enseñé un baile que aprendí en la escuela y me caí? Yo lo recuerdo, pa, porque todas las noches en mi regreso a casa, paso por ese parque. La banquita ya no está, pero probablemente se quedaron grabadas tu risa, la de mamá y mi llanto, suave y oculto. A las personas les gusta hablar de las virtudes que han heredado de sus padres, seguir la misma profesión, tener el mismo éxito en los negocios, tener vocación de madre, etc. Lo que me ha resultado bastante complicado es aceptar que he heredado tus errores y algunos de tus peores defectos, papá Alfredo. Creo que ese es el momento cumbre de la paternidad, verte reflejado en tu hijo, ver que él o ella tienen ese defecto tuyo que les molestó tanto en su niñez. Yo soy tan fría como tú, pero nunca sería así con mis hijos, porque si no la cadena nunca se va a acabar.  Sé que tu padre no fue el mejor de todos, tenemos eso en común, los dos creemos que nuestros padres no son héroes. El abuelo te abandonó, casi te obligó a que te hagas cargo de la abuela y de mis tíos. Por eso me exiges tanto que crezca, que no espere nada de nadie, que no te diga tonterías como quiero ser escritora. Siempre he odiado tu racional y cerrada manera de pensar. Así piensan los que crecieron rápido, hija, no puedes estar escribiendo la vida sentada en tu cama, la vida se vive afuera. Ya lo estoy aprendiendo, papá. Y si hay algo que nos ha salvado a los dos, es la música. No olvido el día que entraste a mi cuarto y me dijiste ¿Led Zeppelin? Y yo asentí y te sentaste a mi costado y comenzamos a buscar música en internet. Y luego me pasaste una lista interminable de grupos de rock de los 70’s. Ahora ya no tenemos que enfrentar tantos silencios incómodos, siempre hay algo de qué hablar, sé que te llevaste una decepción tremenda cuando no ingresé a San Marcos, tal vez ,al igual que yo, pensabas que mis buenas notas eran la única virtud que tenía. ¿Cómo pude confesarte eso en el 2009? Cómo pude decirte creo que estoy enamorada, papá, y no se siente muy bien. Te lo dije justo cuando me ponía el cinturón de seguridad, una tarde, al salir de la academia. Te lo dije porque sabía que iba a recibir tu silencio como única respuesta, porque no necesitaba el reproche ni el consejo de nadie. Y cada vez que leo Prosas Apátridas recuerdo tu mirada triste en mi cumpleaños número dieciocho, porque tú no me regalaste nada, y mi primo me dio uno de los mejores regalos de la vida. Ese día no cenaste conmigo e hiciste que llore en el baño del restaurante. No dejo de preguntarme dónde estás papá, o mejor dicho, dónde mierda estuviste toda mi infancia y parte de mi adolescencia. Y lo más extraño es que me hago esas preguntas mientras almorzamos, mientras te enseño fotos del hijo de mi medio hermano. Mamá siempre te defiende, me pide que te entienda. ¿Y quién te pide a ti que me entiendas? Sigo siendo la misma chiquilla insegura que se escapó un ratito de su fiesta de promoción, y no es tu culpa, ni la culpa de mamá. Es algo que debo resolver sola. Nunca fuiste un héroe, papá, siempre fuiste un antihéroe. Es mejor así, la perfección siempre me ha parecido aburrida, además, si hubieses sido un padre ejemplar, yo hubiese tenido una estabilidad que no me permitiría escribir con tanta obsesión. Veo cómo te esfuerzas trabajando, y cómo haz olvidado lo que amabas en tu juventud: el rock. Y parece que es mi culpa, parece que soy la responsabilidad que no te deja crecer como adulto y recordar lo que alguna vez soñaste. Hay muchas otras cosas que quiero decirte, pero en honor a tu personalidad, me quedaré en silencio.


Te quiere, Ale.



viernes, 20 de mayo de 2011

Cuando llegue arriba

Salir de casa, llevar una gran mochila en la espalda (una de conejitos, la que usaba en el cole) llueve en el centro de la ciudad, los micros van llenos, los audífonos me cuentan que hay una lágrima en el fondo del río, la neblina me pone triste, me dan ganas de escribir. Me pierdo entre la gente del autobús, pienso en ... pienso en no pensar.
Lo primero que veo al llegar al cuarto piso es la espalda de Andrea. Es su novia, se besan todos los días, en los recreos, en las salidas. Fabrizio(EL) me mira desde esa espalda que no es mía. Se abrazan,  se dicen que se quieren. Yo sonrío, y entro corriendo a clases, si hay algo que necesito en ese momento es leer, olvidar esa sensación rara,ese nudo en la garganta que algunos llaman amor. Me quiere hablar, lo evito, abrazo a Rodrigo, mi mejor amigo, le digo que no me deje sola.
(...)


Y así termina el día, sin besos, sin caricias rotas. Solo llevo en la mochila tareas, libros, un par de cigarrillos, un abrazo que promete mucho pero nada cumple.

lunes, 16 de mayo de 2011

CalleAlergiaNostalgia

Lo único que nos separaba eran los segundos del semáforo. Para él la imagen de la persona caminando era totalmente ajena. Yo miraba los carros, los que iban en dirección a Salaverry y los que iban a La Marina. Hace varios días que estoy pero no estoy. Estoy tratando de armar un rompecabezas que, literalmente, me rompe el cerebro. ¿Sigo con esta situación rutina-amor-tristeza-literatura-JoaquínSabina-AndrésCalamaro-ContigoAprendí?

Para Alejandra esa canción tenía muchos significados, pensaba en quién podría pensar en ella al escuchar la ronca voz de Andrés Calamaro. Ella pensaba en una sola persona. Y no sabía si pensaba en él porque aún lo quería o porque no había otro chico en quién pensar. Y si había un chico, ¿por qué tardaba tanto en descubrirlo?
Volver a mi casa era todo un acontecimiento. Siempre pensé que en ese departamentito, ubicado frente a la Universidad que nunca me dijo ingresaste, herencia de mi abuela Irene, todos los días parecían domingo. Un silencio largo y ensordecedor colmaba mis tardes frente al sol. Los dieciocho cursos del prospecto parecían aparecer frente a mi escritorio, yo no los miraba, me concentraba en la zona de los libros comprados, regalados y prestados. Recordé una frase que dijo Joaquín Sabina en Más guapa que cualquiera : “regresa aquel perfume de fotos amarillas”. A eso olía mi cuarto, a fotos amarillas, a papeles gastados, a recuerdos escondidos en un cofre musical, con muñequita de ballet incluida. La dirección de mi casa venía acompañada de un formato de hoja, departamento A4. Mi cuerpo detestaba el polvo, no lo podía asimilar, una serie de estornudos acompañaban mi manera casi enferma de ordenar y ordenar mis cosas. Porque a mi casa solo se va a ordenar, a prepararla para una próxima llegada, pasar las noches ahí, vivir ahí, resultaba un llamado a la reflexión y a la soledad de dos personas (mamá y yo). Y a la compañía de dos tíos abuelos que se pasan el día frente al televisor, viendo gente más joven que ellos. Cuando regrese, casa, será para quedarme y para recordar, luego, un pasado que en ti se forjará.




Podría sentarme en un libro
Matar las horas discutiendo con mis faltas ortográficas
Ver el cielo desde arriba y no desde mi cama


Sabía que la neblina tenía una relación complicada con el sol
¿Se querían?
¿iban a admitir el locuaz silencio que los enamoró?
El amor, en todo caso, era una suerte de sopa de letras
Una planta verde que crece en el asfalto
Una revolución dañina en la garganta.








Ale

domingo, 10 de abril de 2011

Yo solo sé que nunca estuve a la altura (Fito Páez)

Hoy lo vi. Yo cruzaba la pista con mis dos tías y un libro bajo el brazo, y él apenas me miraba desde el cómodo asiento de su 4 x 4 negra. Por un instante nuestros ojos se cruzaron, luego yo miré a otro lado y él arrancó. Su cabello está distinto, está más lacio que de costumbre. Sus ojos tienen el mismo brillo de siempre. Ahora, la alegría de nuestros 19 años y la tranquilidad del dinero fácil que le ofrecen sus padres le dan un aspecto agradable a su rostro.

Lo conocí hace 8 años, por mi prima Ana Gracia. A él le gustaba ella, no yo. Pero yo la acompañaba a encontrarse con él y con Bruno, un chico alto de ojos azules que era 6 años mayor que yo. Mi prima tenía 15 años y vivía enamorada de los bíceps de Bruno. Yo no entendía qué hacía ahí, metida en la complicidad que caracteriza al enamoramiento. Recuerdo que Bruno siempre jugaba con mi cabello y que Ana se ponía celosa. Yo la calmaba diciéndole que cómo se le ocurría que yo le gustaba a Bruno. Mírame, Ana, ¿en serio crees que yo le gusto?. Ana sonreía tranquila y se maquillaba y preparaba para un próximo encuentro. Nos encontrábamos siempre en un parque cercano a mi casa a las 5 de la tarde. Mi prima y yo éramos de personalidades opuestas. Ella era extrovertida y segura de sí misma, pero Bruno me decía que se aburría cuando conversaba con ella, que no lo hacía reír. La seguridad de mi prima se basaba en su belleza, era delgada, alta (para sus 15 años), sus ojos eran verdes y su cabello lacio y castaño. Todo el barrio moría por ella. Yo era la prima menos agraciada de toda la familia: tenía algunos kilos de más, mi cabello no tenía descripción( no tiene) no se sabía si era ondulado o lacio, siempre me lo amarraba, porque pensaba que así no se notaría su estado indefinido. Me gustaba usar ropa ancha, siempre paraba con pantalones de buzo, poleras y zapatillas. Mi prima me perseguía con lápiz labial y yo corría por toda la casa evadiendo su fallido intento de lograr que se me vea bien. Supongo que, a veces, el físico define tu personalidad, lo descubrí en mi clase de sicología muchos años después. Yo era (y no he cambiado mucho) bastante tímida y nerviosa, me sentaba en la banca y los veía conversar. Bruno se sentaba a mi lado cuando se aburría de Gracia y me hablaba. Me decía al oído que yo lo hacía reír, que era un desperdicio que fuese tan tímida. Yo le sonreía y le decía que el mundo me parecía muy raro, que no entendía a los chicos y que me gustaba mucho leer. La belleza de Bruno me intimidaba por momentos, pero la mayor parte de nuestra conversación era horizontal, es decir, los 6 años que me llevaba se perdían por el pasto, y cuando me miraba con tanta ternura olvidaba que el era casi perfecto y bueno, yo no.
Pablo, así se llamaba. Era el mejor amigo de Bruno, siempre jugaban fútbol los fines de semana. Pablo tenía el cabello lacio y la piel bronceada, sus ojos siempre brillaban ( creo que ya lo dije). Yo lo miraba desde abajo, ya que él, a pesar de tener ambos la misma edad, era notablemente más alto que yo. Cuando Bruno me lo presentó, él me sonrió tímidamente y se dedicó a contemplar a Gracia. Ese día, cuando llegué a casa, me tiré a mi cama y escuché a Fito Páez a todo volumen. Me sentía triste y no sabía por qué, Pablo había mirado a mi prima y no a mí, mis 11 años no querían aceptar que yo ya estaba inmersa en el cursi camino del tú me gustas y yo no a ti. Me lo cruzaba algunas veces, cuando regresaba del colegio, mi uniforme me quedaba horrible, él siempre iba con buzo. Ni siquiera me miraba. En cambio, cuando iba a la tienda con mi prima y lo veíamos, él se esforzaba por mostrarse maduro y educado, nos daba un beso en la mejilla a las dos. Todo muy bonito hasta que Gracia le preguntaba por Bruno y silencio incómodo. Una vez Bruno me recogió en el colegio, mis amigas lo miraron como si fuera un dios. Me empujaron hacia él y me gritaron qué suerte tienes, oye. Yo le sonreí y le pregunté con la mirada que quería. Me dijo que quería estar con mi prima y que yo tenía que ayudarlo, hablo de algo así como hacer el bajo. Yo no entendí y él empezó a explicarme. Me invitó una gaseosa y nos sentamos en el parque.
-Mira, Ale, yo te he dicho que tu prima me aburre, y es verdad. Pero todos mis amigos dicen que está buena y que debe ser mi enamorada. Así que dime, ¿yo le gusto a Gracia?.
-¿Te aburre y quieres estar con ella? Bueno, si quieres saber si le gustas, pregúntale, dile que sea tu enamorada. He visto en una película que cuando los chicos le dicen eso a las chicas deben darle flores. A ella le gustan los tulipanes.
-Ay, Ale, tú no entiendes, estás muy chiquita. Cuando uno está con alguien hace otras cosas, no solo se habla. Eres muy linda, tendrás muchos novios cuando seas grande( ¿me río?) .
Me estoy riendo, ahora me cruzo a Bruno y ni siquiera nos saludamos, él sigue lindo, y siempre lo veo solo.
Bruno me dejó cerca de mi casa y se despidió con un abrazo y un beso en la mejilla. Me dijo que mi primer enamorado iba a ser muy feliz, porque yo reunía dos cosas importantes: sabía conversar y era linda. Yo me puse rojísima y toqué el timbre muy fuerte. No le dije nada a Gracia, por esos días no hablábamos. Ella me decía que yo siempre paraba muy sola y que le aburría el simple hecho de verme leer todo el tiempo. Yo pensaba que Bruno no era para ella ni para ninguna chica, en realidad.
Gracia me sacó casi a la fuerza el viernes a las cinco de la tarde. Yo no quería ir, no quería ver a Pablo. Además sabía que no podría hablar con Bruno porque él le diría a Gracia que sea su enamorada. Ese día me miré al espejo y sentí que algo había cambiado en mí.
Mis predicciones se cumplieron, me dejaron sola con Pablo. Yo miraba los árboles y veía como Gracia y Bruno se dirigían al extremo del parque, caminaban muy juntos y no hablaban.
Pablo me dijo que le gustaba mi prima y que odiaba a Bruno porque él siempre se quedaba con todas las chicas. Me dijo que Gracia no le hacía caso porque él era menor que ella y eso no se veía bien en nuestra sociedad. Hasta ahora no entiendo de qué sociedad hablaba. Yo me sentía molesta, quería irme a casa y escuchar a Fito Páez, quería borrar a Pablo del mundo, quería que sufra por mi prima. Me dijo que lo ayude, por favor. Luego me agarró la mano y me dijo que no era tan fea. Nunca olvidaré lo que dijo porque algunos chicos me lo volvieron a decir. Si bajas de peso y te vistes de manera más femenina, puedes gustarme. Eso me dolió, una persona desconocida me había sugerido que solo con un cambio lograría gustarle a alguien. Me llevó a la tienda. Recuerdo que nos encontramos con un amigo y me lo presentó. Pablo le dijo, ella es Alejandra, mi amiga. Él chico se llamaba Diego y me dijo que yo era muy stone.
Me compró un chocolate princesa, creo. No recuerdo muy bien de qué hablamos, fue como si el chocolate hubiera tenido algún efecto que me hizo perder la memoria. Volvimos al parque y Bruno besó a Gracia frente a nosotros. Ella me contó todo camino a casa, yo no la escuchaba. Terminaron después de una semana. Sabía que Bruno se aburriría, nunca volví a hablar con él. A Pablo lo veía a veces porque yo era amiga de su primo. Algunos vecinos pensaban que éramos enamorados. Pablo siempre se aproximaba mucho a mí cuando caminábamos y cuando hablábamos, eso me incomodaba, me hacía sentir prisionera. Luego lo dejé de ver por un tiempo, y bueno hoy lo vi.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuando uno más uno no es dos

Sabía que Diego era un nombre bastante común y que tendría que escucharlo por el resto de mi vida. Esta entrada me ha costado muchas noches de insomnio, muchos cafés, mucha alergia, mucho dolor y nostalgia. ¿Nostalgia? La peor, la nostalgia de la que alguna vez habló Betsi por facebook, la nostalgia que uno siente por algo que nunca pasó. He tenido que abrir muchos cuadernos y leer muchas anotaciones hechas a la carrera en algún papel cualquiera. He escuchado esa carpeta con su nombre. He ordenado esta historia y la he revelado en un cuarto oscuro. Le he sido infiel a mi recuerdo. Me he sentado a escribir, a empezar a cerrar esta situación que me deja con cara de zombie y aspecto Patti Smith. He corregido mil veces mis ideas, he roto papeles que eran o muy duros o muy cursis. Me he sentado a hablar conmigo misma. He separado con pinzas la realidad de la ficción. Estoy estudiando este curso, el cual hace rato jalé: Introducción a la historia de Diego.

Todos se llaman Diego y él no es la excepción. Lo conocí en ¿mayo? (qué mala memoria). Quisiera recordar cómo rayos fue el 2009 antes de conocerlo, pero no puedo. Me confundo de salón, de tutor, de amigos. Llegué a Pamer en marzo porque no ingresé a la Católica. Desde segundo de secundaria, la PUCP estaba en mis planes. Averigüé las carreras, la pensión, todo. Esa iba a ser mi universidad y “yo iba a ingresar a la primera”. Postulé a una carrera nueva: Comunicación para el desarrollo. A Literatura no, por insistencia de mis padres y porque me daba miedo enfrentar la única cosa buena que me pasaba en la vida: escribir y leer. Fue una mala idea terminar el colegio en el 2008, en mi casa todo andaba mal: mamá no conseguía trabajo y papá seguía con su sueldo chiquito. La Católica solo podía llegar a mis manos con una beca. Y eso no pasó, no quedé en los diez primeros. La poca coherencia que tenía mi vida al salir del cole se había desmoronado. Y todo era mi culpa, me pasaba más horas pensando en cómo me iba a ir en la Cato que estudiando. No merecía ese ingreso.
Extraño a la Alejandra del colegio. Todos los años llegaba a mi casa un diploma, me esforzaba, tenía buenas notas. Mentiría si digo que fue pura convicción, yo vivía aterrada por los exámenes, sentía que era una buena para nada, lo único que podía controlar era mi disposición para estudiar. Me sentía poco atractiva y pensaba que solo servía para fines académicos. No me equivocaba (o tal vez sí, quién sabe) tenía pocas amigas, no salía los fines de semana, odiaba las fiestas (me dan dolor de cabeza y siempre termino siendo la chica del parlante). Prefería estar en casa, sola. Del cole recuerdo mucho, era de mujeres y ahí descubrí que existía un grupo de personas que se ganaban la vida (y la felicidad) contando historias. Me gustaba ser independiente y leer en la biblioteca (la cual era tan pequeña como mi cuarto). No pertenecía a ningún grupo, me divertía con todas. Los primeros años de secundaria me enamoré de un señor con lentes redondos: Alfredo Bryce Echenique. Un mundo para Julius fue lo que me salvó del aburrimiento durante mi exilio por tener varicela. Aprendí que la monotonía que vivía a diario era una manera estúpida de pasar los días. Yo quería las aventuras de Julius, jugar en una carroza, tener una hermana, preguntar todo. Esos días de fiebre y picazón fueron el origen de una Ale lectora y (vagamente) escritora.
Me da miedo llegar a la conclusión de que no me parezco nada a esa Alejandra, la cual, un día, se convirtió en Aleha. En el colegio, leí muchos libros que he olvidado con el tiempo. Mi vida se resumía en cuatro cosas: estudiar, respirar, leer y escribir. Es decir, nunca me daba la oportunidad de enfrentar la realidad, ni mucho menos de conocerme. Era casi un robot.
Bueno, estaba en que lo conocí en Pamer. No había vivido tanto como él (ni escrito, ni leído). Mi ingreso a San Marcos iba por el mal camino. Conocerlo significó conocerme a mí misma. Porque descubrí que podía sentir cosas más fuertes que el miedo y la soledad, porque ya no se trataba de algún problema menor que podía resolver con mamá o que podía meditarlo en el micro: Yo estaba “enamorada”, o al menos eso creía. Mi experiencia con los chicos era totalmente nula, tenía pocos amigos, ninguno de ellos compartía mis intereses, eran amigos por rutina, nunca por definición. Pamer me chocó, no solo por la exigencia intelectual, sino también porque empecé a conocer gente demasiado rápido, cada día conocía a alguien nuevo. Fue un mal momento para el nacimiento de mi lado sociable.
Creo que nunca lo terminé de conocer. Teníamos una amiga en común, y bueno un día llegué tarde y me senté a su costado. Una EVA de geometría y una mirada rápida al cielo demostraron que yo estaba ya mal. Él resumía (ya no más) todo lo que yo nunca había hecho y quería hacer. Era como el fruto prohibido (¡qué rayos!). Mi primera rebeldía (a los 17 años). Entonces, los días en Pamer ya nunca más fueron los mismos: anotaba mil cosas en un cuadernito, poemas según yo, pensaba en todo, en por qué iba a estudiar algo que no quería, por qué siempre quería complacer a todos, etc. Decidí cambiar, no sé si para bien o para mal, pero quería cambiar. Ya no estudiaba con las fuerzas del colegio, leía un rato, me distraía y escuchaba música o escribía, mis notas eran pobres, mi tutora pensaba que yo no iba a ingresar. Y tenía razón. Seleccionaba cursos, solo estudiaba los cursos que me gustaban, literatura, trigonometría, historia del Perú, Economía. En los orales era una vergüenza : casi siempre me botaban del salón. Me parecía rara la urgencia que tenían todos por ingresar, y claro, cómo iba a entenderlo, si yo no quería la carrera a la que postulaba. Luchar por algo era un tema que me parecía muy frío y común. Y Diego me contaba todos los días sus aventuras , las cuales casi siempre me decían entre líneas tú no haz vivido nada. Yo moría por dentro, en especial cuando me hablaba de sus chicas, las cuales para mí eran superiores. No entendía lo que me pasaba, mi corazón latía fuerte, sentía un vacío en el estómago, no tenía hambre, paraba siempre distraída, escuchaba a Fito Paez. En esa época, mamá tenía mil trabajos y me sentía mal por ella, yo sabía que no iba a ingresar en septiembre. Un día, tuve algo así como una iluminación en el micro. Enamorarme de Diego era mi más grande atrevimiento, y al hacerlo (según yo) iba a convertirme en una MUJER e iba a dejar a esa niña que todos veían como la amiga graciosita. Me iba a volver un ser humano sensible y sincero. Y ahora me doy cuenta de lo tarada que fui. Yo lo único que necesitaba era conocerme a mí misma y decidir qué rayos quería hacer con mi vida. Diego fue una señal, un stop. A veces creo que Diego no existe, que no es más que un invento mío. Una necesidad imperiosa de querer a alguien, de ordenar mis ideas. Es decir, Diego no es una persona, es un conjunto de confusiones mías, pobre de él, que llegó a mi vida justo cuando yo tenía todo revuelto. Él es la manifestación física de mis miedos. Él (persona) no se parece en nada al Diego de mis historias (mil gracias a Enrique, amigo psicólogo del facebook, quien me hizo entender esto). En todo caso, tengo algunos recuerdos que están volando en mi cabeza ahora. Me gustaba mirarlo cuando leía. El sol (enemigo) lo iluminaba. Rayos, era una imagen casi perfecta: él, un libro, el cielo de fondo. No escuchaba la voz del profesor ni las risas de mis amigas. Había creado un mundo paralelo en el cual, según yo, enamorarse no era una mala idea. Qué tontita. Hace poco, descubrí que las canciones que yo escuchaba cuando pensaba en él, él las escuchaba pensando en otras chicas. Qué triste. Para él (me alegra y entristece a la vez) yo solo fui una amiga más, de esas que escuchan en momentos difíciles, un papel en donde siempre se puede escribir. No es su culpa, ni tampoco la mía. (Silencio incómodo entre el teclado y yo). Ay, Diego ha sido muy muy difícil aprender a quererte como amigo. Ya lo logré (creo). Ha sido complicado dividirte, un lado amigo y otro lado ...no sé cómo llamarlo. En fin, ser brothers es fabuloso. Algunas veces he tenido que mentirte para no arruinar las cosas. Yo nunca quise estar contigo. ¿Qué raro no? No sé, te quería pero no quería llegar a ese punto (porque sabía que no pasaría y porque creía que no era el momento). Y bueno, hace rato que no estás. ¿Estuviste alguna vez?

lunes, 7 de marzo de 2011

Se llamaba Soledad y estaba sola : el inicio

Empiezo esta entrada escuchando Mediocre de Ximena Sariñana, canción que dice mucho de lo que quiero hablar y me dispongo a escribir. He boceteado muchas veces esta historia, de hecho, tengo un cuadernillo lleno, cuyo título es cuando uno más uno no es dos. Pero prefiero improvisar, ser sincera, decir lo que me dicte el corazón y no la planificada mente. Empiezo con una conclusión : ¿Cómo rayos pienso recordar algo que no ocurrió? Hace un par de días descubrí que no hay nada, NADA qué recordar. Últimamente, ando confundiendo la realidad con la ficción. Sé que éste par juega sucio y que me voy a volver loca. Una soledad calculadora me persigue desde que encontré esta palabra (soledad) en el diccionario y en una canción. En primaria, siempre estuve rodeada de muchos amigos (los mejores, tal vez), una sonrisa sincera caracterizaba mi rostro, era Alejandra, la risueña. Una decisión mal tomada y la irresponsabilidad de mamá hicieron que cayera en ese colegio de mujeres en secundaria. Un colegio que, de bonito no tenía mucho y de amigable menos. Lo más raro era que antes de los primeros días de marzo, fecha en la que empecé clases, ya tenía un par de amigas aseguradas: Estephy y Joss, amigas de primaria. Los primeros días fueron los más elocuentes de mi vida. Hice amigas por montón, el salón entero sabía mi nombre y apellido. Yo no entendía muy bien qué pasaba, extrañaba mis momentos de silencio. Además, tenía apenas 12 años, no sabía lo que quería, aún no conocía el amor (no lo conozco todavía, creo), no sabía qué era necesitar a alguien que no fuera mamá, había dejado de escribir en diarios que olían rico y escribía al final de mis cuadernos. Entonces opté por la palabra, por contárselo todo a alguien que no se moviera: a una hoja. Sabía que el acto de escribir era un acto solitario y profundo, lo había escuchado en la tele, cuando entrevistaban a un escritor de cabellos blancos. Estaba decidido, no iba a hablar con nadie, o en el mejor de los casos, iba a hablar poco. A esta decisión la acompañó mi dedicación a las tareas y exámenes, pensaba que solo servía para fines académicos. La sobreprotección de mamá y la desaprobación de papá me tenían confundida , mi autoestima estaba más chiquita que yo. En las mañanas, no quería ir al colegio. Un nudo en la garganta se apoderaba de mi estado de ánimo, hablaba bajito, olvidaba decir presente cuando pasaban lista, era un fantasma. Lloraba todos los días, todos. En silencio, claro, nadie podía verme así, yo era feliz para el resto, era la hija que toda madre quería (eso me lo escribió una profesora en quinto de secundaria), tenía buenas notas, ''un futuro asegurado en una buena universidad''. La más bonita y perfecta mierda. Bueno, ahora me aburro un poco de esa soledad que por mucho tiempo disfruté. En realidad, me duele. Me duele no tener con quién hablar sin limitaciones, me duele estar encerrada en mi misma la mayor parte del tiempo, me duele que las historias que leo sean mil veces más interesantes que mi propia vida. En un principio pensé en hablar de este chico por el que aún muero, pero ahora descubro que solo era rutina, que todo se reduce a esta soledad del carajo que enferma mis mañanas y mis tardes y mis noches. En todo caso, el amor duele, el descubrimiento de la vida. Ja.

Ale.

viernes, 4 de marzo de 2011

Hoy no

Cuando Susan era niña, le gustaba verme escribir. Traía su silla rosada y la ponía al costado del sillón reclinable en el que solía pasar mis tardes literarias. De Silvia solo me queda la imagen (en blanco y negro) de la primera vez que la vi. Subía las escaleras apurada. Tenía una mochila gris que resaltaba lo luminoso de sus ojos pardos. Miraba cada escalón que iba subiendo y cantaba una canción. Se chocó conmigo y , apenas, se disculpó. Yo la seguí en silencio hasta su salón, en el sexto piso. Silvia era la clase de chica de la que nadie se enamoraba, su belleza se descubría a segunda vista. Su cabello alborotado, lacio y castaño; su piel libre de maquillaje; su figura delgada y larga; sus lentes negros; su rostro blanquísimo decorado por un tenue cerquillo. Yo la miraba todos los días, me ubicaba en el quinto piso y la veía salir con su botella de agua y su cuaderno, siempre escondía una obra literaria bajo sus chaquetas, siempre largas. Leía a Neruda, a Baudelaire, a Miguel de Unamuno, a Hemingway, a Julio Ramón Ribeyro. Un lunes que amaneció con la grata compañía de las lágrimas de las nubes, descubrí cuánto la amaba, de lejos, nunca me había atrevido a hablarle. Ella llegó con una boina gris. Sí, como en el poema de Neruda. Sus mohínos ojos parecían estar felices de ver el día lluvioso, la vi mirar el cielo y jugar con los charcos de agua. Me estaba enamorando hasta los huesos de una chica diferente a mis ex.







-Aló, Silvia. Habla Mauro.






Lo recuerdo sentado a mi costado, en una cama de sábanas blancas. Me mira con ojos culpables, yo le devuelvo una sonrisa inconclusa. Nos casamos hace un par de meses, una boda simple en una ingente iglesia del centro de Lima. Asistieron su familia, mi familia y amigos comunes. Tengo colgado en las cuerdas de mi cerebro su imagen en terno negro, su cabello castaño, sus ojos lineales y facundos de siempre, su cara de yo no fui, su maldita sonrisa deshonesta. Me iba a casar con Mauro, el primer chico que metió mariposas en mi estómago a la fuerza, el que tenía una fragancia deliciosa que enfermaba mis mañanas en la universidad. La tarde de la boda fue monótona y aburrida. Todo pasó a la carrera, nos casó el padre que me confirmó. Mi madre no lloró de alegría, lloró de alivio, porque por fin yo crecía y pasaba a responsabilidad de otra persona. Divisé a mi padre, allá en los Estados Unidos, maldiciendo a Mauro y a la tormenta que impidió su viaje. Toda la familia pensó que yo estaba embarazada por la proximidad de la boda y mi cara de niña emancipada frente al altar. Mauro y yo nos miramos asustados al escuchar esa afirmación popular que rondaba por toda la ceremonia. Acaricia mi rostro, su cabello está despeinado y sus ojos rojos. Me gusta mirarlo, contemplar las imperfecciones que delatan su infidelidad. Todos los domingos es lo mismo, los dos aparecemos sentados al filo de la cama con la inseguridad matrimonial al descubierto. Sus sábados transcurren en Miraflores y Barranco, se conoce todas las discotecas del mundo. Sale en todas las páginas sociales de los periódicos. Saluda, sonríe, con una copa de whisky en la mano y un cigarro entre los labios. Su prestigio literario lo hace famoso. Lo invitan a presentaciones de libros, a cócteles iluminados por flashes. Me enferma su beodo olor en las mañanas, él es el causante de mis dolores de cabeza y de otras aflicciones internas de las que prefiero no hablar. No te preocupes, Mauro, nunca voy a exteriorizar mi incomodidad, sé que para ti mi personalidad parca y misteriosa es mi mayor virtud. Una virtud que tus amigos celebran y mis amigas critican.


-¿Qué saben ellas de nosotros?- me dices, refiriéndote a nuestro versátil matrimonio.


Ayer fue el colmo, la infidelidad más detestable y negra en la historia de mis veintidós años. Llegaste con tu inconfundible cara de inocente, con mil tragos de más. Para preocuparme, me enseñaste las llaves del auto. Yo traté de mantenerme inmutable y a escondidas recé un padre nuestro por la vida de mi esposo alcohólico al volante. Abriste tu mochila, templo de cajetillas de cigarro, tarjetas de crédito, libros y destapadores. Y sacaste un libro de Pablo Neruda. Me abrazaste y dijiste que me amabas. Entonces, esa familiar madrugada se convirtió en el acto más vil de la infidelidad masculina y en la verdadera razón por la que no he pedido el divorcio. Le fuiste infiel a tus vicios nocturnos, y me dijiste con un libro que me amabas tanto, más o menos que yo a ti. Es este amor tan extraño y contradictorio que siento por ti el que me obliga a permanecer a tu lado y dejar intacto tu lado claroscuro de adolescente.

viernes, 18 de febrero de 2011

Miraflores S.A.

Ella decidió vestirse de blanco ese día. Su mamá le dijo que el blanco no le quedaba, que no resaltaba los hermosos ojos marrones que decoraban su rostro (lo único bueno de su cara, para ser sinceros). Pero a ella no le importó, se puso un vestido blanco, unas zapatillas negras y se marchó. Ese día el verano había saludado a Lima y la neblina se había despedido. Las nubes, lo más lúdico del cielo, corrían como si la noche las estuviese persiguiendo. Ella miró al cielo y creyó estar mirándose en un espejo. Sabía que no era bonita, que la belleza se medía con muchos centímetros de altura y pocos de cintura. Se golpeó suavemente la cara con los dedos, caviló unos segundos, y siguió caminando. Hoy quiero ver el mar, pensó. Entonces, tomó el micro que tardaba mil horas en llegar a Miraflores. El micro es un buen lugar para pensar. El tema de aquella tarde era el rumbo que le estaba dando a su vida. ¿Era feliz? ¿ Necesitaba algo (o a alguien) para serlo? ¿Se sentía orgullosa de sus veinte años de vida? ¿Quería volver a nacer? ¿Era una buena decisión irse? Tantas preguntas serias y futuristas la marearon. Así que decidió escuchar la voz de Robert Plant, y en el mp4 sonaba Going to California.  Las calles de la avenida Arequipa estaban llenas de institutos, miles de nombres raros, miles de chicos con mochila, miles de preguntas recién nacidas y miles de cuadras hasta el óvalo de Miraflores. ¿Qué quiere el destino para ella? ¿Qué quiere hacer ella con su vida? ¿En Lima le quedaba algún asunto pendiente? ¿Los problemas se llevan en el avión y se toman en la cena con un café? Un chico de lentes negros subió al micro.
-Se parece tanto a Diego- pensó.
No, Diego no era ni su novio ni su ex. Diego era, simplemente, su experiencia más cercana al amor. Ella lo miraba desde su carpeta, a escondidas, mientras él hablaba con sus amigos de chicas bonitas y de sus planes para celebrar su ingreso a la universidad. Diego era el epítome de la perfección para ella: no era ni muy alto ni muy bajo, usaba lentes negros gruesos, su cabello era ligeramente ondulado y castaño, tenía una barba frondosa llena de sueños que solo ella concebía, su estilo parecía salido del mar. Diego era el título de su novela de amor. Diego era todo. Pero la perfección se quedó ahí, en el aire. Se mantuvo virgen y libre de cualquier conversación vana. Nunca hablaron, nunca él la miró en serio. Nunca. Nunca. Ella cree que estuvo enamorada de él. Pero, ¿cómo saberlo?
Tanto recuerdo la hizo abrir un libro, pero luego lo cerró, tras mil intentos fallidos de concentración. ¿ Qué iba a hacer sola frente al mar? ¿Mirarlo y sentir nostalgia anticipada? ¿Arrojar su boleto de avión al mar era una buena idea? ¿ Se sentaría en la banca en la que tantas veces pensó en él? Se bajó en el parque Kennedy para despedirse de su amigo pintor. Y luego pasó una de esas cosas que solo creemos que ocurren en la ficción de una película o un libro (esta es la parte en la que se acaba la tinta de mi pluma).
Diego apareció. Ella, de blanco, hablaba tranquilamente con su amigo, el pintor.  Y no se sabe por qué miró en dirección al Mc Donalds y bam., diego a punto de cruzar la pista. Y ella nerviosísima, con ganas de salir corriendo. Y su amigo pintor que no paraba de hablar. La verdad es que Diego la miró todo el rojo del semáforo. Y ella, escéptica, pensaba que miraba a otra persona. Al pintor, tal vez. Y bueno, tantas evocaciones, tantas miradas furtivas desde el fondo del salón, tantos exámenes dados pensando en él. Pero no. Lima no fue tan gentil como regalarle a Diego esa tarde. La esperanza había olvidado mostrar a la bonita y casi-perfecta chica que acompañaba a Diego. Lo más razonable fue despedirse de su amigo y partir al mar. A sentarse en la banca, a pensar, a pensar mucho. En  lo que deja, en lo que va a traer. A pensar en lo que nunca pasó y nunca pasará. A pensar, porque eso es lo único que ella hace bien. Lo único que hacen bien ella y su vestido blanco.

sábado, 12 de febrero de 2011

Confusiones(y confesiones) a la 2 y 27 am

Bueno, estoy rellenando una agenda improvisada en mi bitácora, cosas que tengo que hacer (y que no debo hacer), proyectos, exámenes, pensamientos, dibujos, insomnio. Miro la hora cada dos segundos, busco unas fotos para un afiche y me siento extraña. Entonces, me pregunto ¿qué debo hacer? Y la respuesta sale de las gotas de agua que acabo de tomar: debo(y quiero con toda el alma) escribir. Porque escribir es lo único que me va a aclarar el panorama de esta semana. Hay un silencio incómodo entre el teclado y yo. Hay mucho para contar, pero no sé por dónde empezar. Me robaron el celular el viernes. Sí, ya lo sé, mi cel, mi Motorola W270, estaba ya viejito, los años se habían encargado de su vejez. Ese celular se ha llevado en su chip(el cual ya bloqueé) todos mis secretos. Me lo regalaron la navidad del 2008 (año en el que egresé del cole y se comenzó a fregar todo), marcó época en mi vida: tenía conexión a internet, mp3, podía llamar y recibir sms (jajajaja), se le prendían unas lucecitas cuando me llamaban o me mandaban mensajes...ERA TODO.  Cuántas llamadas incómodas y estúpidas, cuántos mensajes desesperados pidiendo compañía, cuántas fotos, cuántos ya me va a llamar. Ay, cel, te extraño. Y al irte haz dejado abierta la posibilidad de comprarme un Nextel. Señor ratero de celulares con alto contenido afectivo, espero que haya tenido GRANDES motivos para haber aumentado una desgracia a mi semana(y a mi año).

Del insomnio he pasado al tengo sueño todo el día. No me dan ganas de levantarme, mi estado de ánimo cambia mil veces en un día, como poco y después un montón. Todo es un desorden total, esa es la palabra, DESORDEN.  Y no sé por qué rayos me molesta este desorden. Siempre he vivido en el desorden, un desorden personal (como el desorden del que habla J.R.R) un desorden que al final es orden, porque soy un poco maniática cuando arreglo mis cosas. Pero luego me aburro de mí orden( y de mí, también) y mando todo al tacho. Mi desorden es el mejor amigo de mi soledad. Ah, hay un tercero. Ahhh, hay un cuarto. Libros + papeles + desorden + soledad. ¡Qué bonito! Hay otra cosa que ha surgido esta semana. Me he vuelto demasiado reflexiva, digamos que, casi soy una filósofa. Todo el tiempo pienso y pienso y pienso. Pienso en todo, en especial en lo que más me duele. Y me quedo con la típica mirada al vacío y no quiero que nadie me hable (solo les dejo ese atrevimiento a los libros y a mi mamá). Y bueno, hay otra cosa, la más hardcore tal vez. Pero de esa no hay que hablar, porque me pone triste.


Ale.

domingo, 6 de febrero de 2011

En esta mueres, Diego. Mueres sí o sí (:

Piero está leyendo lo último que mi mano ha decidido escribir. Ha prendido mi lámpara negra y la luz ilumina la oración en la que nombro a Diego. Y entonces decido caminar en círculo,recorrer todos los rincones de mi habitación(en la que tantas veces pensé en no pensar en él). Piero parece estar concentrado, veo un brillo transparente en sus ojos. Ha movido la cabeza en señal de desaprobación. Supongo que me va a gritar y/o abrazar. A veces pienso que hubiese sido mejor mirarlo a él todos los recreos y no a Diego. Hubiese sido menos complicado, menos mierda. Pero me enamoré hasta los huesos de la mejor persona. De la mejor persona para mí, claro. No puedo ser más imparcial. Diego era(es) la mejor mezcla de literatura y libertad. Y bueno, yo me enamoré y él no. Suele pasar, así es la vida(¿así es la vida?). No es tan malo. Ayer les confesé a mis amigas que yo (la que le tenía pánico a los chicos) había estado enamorada hasta estar hecha mierda. Literalmente, hecha mierda. Y a esa confesión la respaldó un vaso lleno de Pisco con Sprite. Y yo no tomo, fue por ti, Diego. En fin, esa es ya una historia conocida, es mejor ya no hablar de eso. Ahora, Diego y yo somos patas, lo quiero como brother. Como dije alguna vez, voy a mandar de viaje tu lado de seductor y me voy a quedar con tu lado soy tu amigo en Lima. Esa historia, bastante manoseada y con mil finales, la está leyendo Piero. Y parece estar bastante entretenido. Piero ha llegado a mí y a mis manías en el mejor momento. Ha llegado ahora que me siento vulnerable y aburrida de tanta soledad. Quiero compañía, pero no compañía con agarradita de mano. Saber que alguien está cerca, eso es lo único que necesito(me la tengo que creer). Para el otro catorce de febrero, será.

He borrado las entradas anteriores, porque en todas Diego se asomaba por las oraciones. Quiero empezar de nuevo, volver a quererme más a mí que a él. No me gustan los cambios, porque implican mucha reflexión y revivir recuerdos para no volver a caer. Y los recuerdos son los que me ponen mal. Vamos a joder un poco al recuerdo. A ver todo lo malo y no lo bueno. Voy a borrar, a borrar mucho.


Ale
Lima, 5 de febrero del 2011.
Entrada escrita camino al aeropuerto. Tantas despedidas se fueron en un avión.