Una vez escuché que debíamos cambiar, que la noche era una manera de estar triste y que el sol era una mala persona. ¿Tenía eso algún sentido, Andrés? Mientras yo me sacaba la chaqueta tú me la ponías y me besabas la frente, no, Ale, solo somos amigos. ¿Tan evidentes eran mis ojos? Yo sabía que los gatos tenían siete vidas y que tú solo querías una de ellas conmigo, pero ¿por qué te corrías de mis sonrisas, Andrés? El número de la suerte, el teléfono del amor de tu vida está en el boleto de combi que se te cayó por darle asiento a esa señora embarazada. Fuiste educado, pero perdiste la felicidad, ¿entiendes adónde pretendo llegar? Tú crees que ya me perdiste, que ya me senté en ese avión que parte más tarde a Europa, pero no es verdad, el avión tiene cuatro ruedas y puedo morir por un conductor ciego y Europa se llama un pueblito olvidado de Perú. Allá me esperan muchas ganas de aprender y jugar y dibujar y tomar fotos de un cielo que va del gris al amarillo y del recuerdo al olvido. Ponte tus audífonos porque el ruido que voy a hacer te va a despertar, y las gotas de esa bolsita se pueden reventar. Estamos yendo a Miraflores, tú estás manejando muy rápido y no me escuchas, está lloviendo y el señor que sufre de diabetes está gritando gol peruano, Perú le gana a alguien, ¿a quién? Cómo saberlo, el televisor es blanco y negro y no sé qué equipo es, mi mamá me deja sola en un parque, yo corro y lloro, no me sueltes la mano, Andrés. Yo te quiero. Hay un grano de café en tu mesita de noche, un encendedor-linterna y un libro de él. No del encendedor-linterna, aunque probablemente sepa escribir literatura. Porque el que prende un cigarro sabe por dónde va el asunto de la muerte y de la vida. Y el que lo apaga en un parque vacío frente a un árbol del que se cayó de niño sabe que le queda un año más de vida. No me digas que mi cabello es una suerte de media luna vista desde una ventana medio abierta. Y esa subida en la Av. La Marina, siempre flores e iglesias, pero nunca muerte, nunca caídas en la línea de tiempo del corazón. Nunca. Porque esa madrugada casi muero de fiebre y tú me llamaste y mi dolor de cabeza se fue en señal abierta. Siempre dijiste que tengo una manera rara de esperar algo y que suelo meterme en problemas tontos, como recordar mucho una historia que no es mía o comprar libros y perderlos. ¿Recuerdas lo que te conté en el colegio? Que quería trascender, pero no el tipo de trascendencia que te lleva a ser el nombre de una calle principal, sino una trascendencia que lleve a las personas a pensar en mí mientras viajan en un micro, mirando el último piso de los edificios, pensando en cosas que el pata de al costado cree una pérdida de tiempo. ¿Te acuerdas? Mi cabeza está llena de árboles y de señales borrosas, llena de tiempos perdidos, de cigarrillos apagados y fosforescentes, de música suave y fuerte, de aromas, de sonrisas orgullosas y de malas actitudes. Tú no te vas a morir hoy, Andrés. Ni siquiera lo pienses, no me engañes con ella, no me digas que no la extrañas. Nunca me quisiste de esta manera. ¿De cuál? De esta, pues, cuando se te cierra la garganta y sientes que has perdido a un gran amigo, que las horas pasan y no me hablas y me pongo triste, ya no quiero hablar contigo, pero ya me acostumbré a que querer no es poder. Quiero perderme en mi cama, que mi almohada sea un borrador gigante y que San Marcos me deje entrar sin examen, y morir (nacer) leyendo en el pasto que está mojado y que me sirve de tinta. Andrés, deja que te cuente una historia. Una vez una chica llamada Ale se dio cuenta de que estaba enferma, que la solución la tenían algunas palabras, palabras como dormir y sonreír y olvidar más y enamorarse menos. Y bueno, ella se dio cuenta de que las medicinas estaban en su escritorio y que querer a Andrés le hacía mal y que no sabía escribir cuentos, y que su relación con la literatura era solo leer libros y un blog gris y con doce seguidores. ¿Ves que ya no invento nada y que soy sincera? ¿Que ya no me da miedo decirte, decirle a Andrés que lo quise mucho y que ahora mi amor por él es más sano? Mi idea se quedó dormida en el micro y ya la olvidé, puedes desaparecer, Andrés, yo nunca me enamoraría de mi amigo invisible que sale por la puerta de mi cuarto, y estamos 1999 y soy muy muy delgada y tengo asma y ya no quiero fumar.
Que la niña se quede en casa
Papeles que escondo bajo mi cama (:
viernes, 21 de octubre de 2011
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Sepia
Siempre he odiado los timbres, el de mi casa, el del teléfono, el del colegio, el de Pamer. Donde todos veían la oportunidad de salir de clases o de contactarse con alguien, yo veía un llamado a la realidad, la peor manera de enfrentarme a un examen que, sin llegar, ya me tenía bastante asustada. David trata de alegrarme las mañanas con una canción, hoy ha traído toda la discografía de Café Tacuba. Yo le regalo una sonrisa a medias y escojo Quiero ver. Nos ponemos rojos, yo lo abrazo fuerte y le digo que somos muy tontos como para empezar a querernos y malograr nuestra complicidad. Además, el sigue sufriendo por Fabiola, su ex, y yo empiezo a sufrir por Andrés. La primera clase del día es Lenguaje, curso fijo en mi carrera. El profesor tiene pinta de escritor, lentes negros gruesos, bigote abundante, voz eterna. Pero lo que tiene de escritor lo tiene también de jodido, sabe que no sé su curso porque me aburre leer tanta teoría y me saca a orales. Técnica utilizada para que todo el salón mire directamente al tarado que no quiere ser cachimbo. Yo estoy con una chompa azul y un pantalón gris, mi cabello está alborotado, mis ojos tienen una tenue línea negra, me dirijo a la pizarra sin ganas, con cara de bóteme de una vez y evitemos la vergüenza. Pero el profesor me sonríe y me dice que me pare al costado de Eduardo, un pata que va a Ingenería y que odia todo lo que tenga que ver con letras. Lo malo de este rincón del salón es que se puede ver todo, miro el fondo del salón y encuentro a Andrés coqueteando con una chica alta y maquillada hasta los huesos, se da cuenta que lo miro y me saluda. Las preguntas empiezan y yo no pienso en nada, Lima parece estar quieta a esa hora de la mañana, tiene un color indescriptible, el color de la tristeza, tal vez. Veo que una chica levanta la mano, responde, aplausos, se sienta. Quedamos tres en la pizarra, yo soy la única de letras, a los otros siempre los perdonan porque ellos saben matemáticas, pues. ¿Y tú qué sabes, Alejandra? No todo el examen es Literatura. Para mi buena suerte, sacan a un amigo que va a mi facultad, porque estuvo fastidiando al profe, empiezo a reírme, ponen a Alex a mi costado y le digo ¿sabes? No, Ale. Cinco preguntas más, nadie responde, el salón nos mira mal, piensan que somos unos irresponsables, que no nos tomamos nada en serio, que hemos llegado a la academia a hacer vida social, que no vamos a ingresar. La mitad del salón, claro, porque la otra mitad tiene la misma mirada perdida que yo. Pienso que la vocación es un tema delicado, y que a los diecisiete años uno recién descubre que hay vida después del colegio y que la vida es dura y que si mamá está enferma qué va a ser de mí. Y mi papá vendrá a recogerme y me dirá que si no ingreso me voy olvidando de la universidad y voy preparando mi CV. Y llega una pregunta de fundamentos visuales y respondo desde mi sitio, y es ahí donde me doy cuenta de todo, ya no estoy en Pamer, estoy en una clase de Diseño Gráfico, me siento mal y me llevan a la enfermería, hace días que no duermo. Lo que más me duele es que en este salón con vista privilegiada a San Isidro, no hay un Andrés por quien morir todos los días, como sí el dolor fuera algo bueno, como si el amor (¿o la ilusión?) fuera una condición para estar vivos. Las palabras de Jesús me golpean por segunda vez, ¿cómo no sabes lenguaje si vas a Comunicaciones?, yo miro a otro lado, no puedo enfrentar su cara, porque en ese momento tiene una expresión muy parecida a la verdad. Entramos al salón para sacar nuestros libros, yo levanto mi mochila, mi celular está abierto, hay un mensaje, salgo en cinco minutos y hablamos un ratito. David me llama, no volteo, luego me siento mal. Mi tutora me manda al balcón, como si yo hablara mucho y fuera a fomentar el desorden, sonrío y aprovecho para tomar fotos, cinco imágenes en sepia, el color del día. El color de todos los días de ese invierno del 2009. Abro mi mochila y saco mi libro, mi celular vibra, es David. Supongo que siempre esperaste esto, Ale, un castigo por no estudiar, una manera de negar tu pasado en el colegio. Me gusta su reflexión, cuando llegué a Pamer decidí pasar desapercibida, lograr que los profesores no sepan mi apellido, buscar un espacio propio, marcar los límites de mi soledad y estudiar hasta ingresar a la universidad; pero la realidad se ha distorsionado un poco, la siempre metiche ficción ha decidido jugar un poco con la historia, volver esta etapa de preparación en un sinfín de nuevas experiencias, en un susurro que grita es hora de vivir. No seas tonto, David, el único castigo que espero es la indiferencia, pero Jesús ya me tiene en la mira, estoy segura de que me toma como un reto, va a perder todo lo que esté apostando porque yo ni fregando ingreso en septiembre. David va a abrazarme, pero yo me adelanto y le digo que lo quiero un montón, que lo único bueno de estar afuera es que él va mucho al baño justo cuando me botan. Me sorprenden mis palabras, no suelo decir lo que siento con tanta naturalidad, siento que mis mejillas están carbonizándose y confirmo mi estado de vergüenza, con su te has puesto roja. Empiezo a estudiar la primera unidad, encuentro una tonelada de anotaciones en las hojas, lo escribo en mi cuaderno, resalto las ideas que parecen importantes, pienso en Alfredo Bryce Echenique y Cynthia, la hermana de Julius. Soy la única del grupo que se concentra, los demás están resolviendo la tarea de álgebra, los ejercicios más trancas, los que solo me pueden salir con la ayuda de Manuel, el asesor rocker. Jesús sale y nos llama, todos van cabizbajos a la puerta, yo estoy muy distraída como para tenerle miedo al profesor, tres preguntas y entran, compromiso de oral para la otra semana, quiero que ingresen, no que mueran de frío en el balcón, yo ingresé a la primera, comunicación social es una carrera alta, casi inalcanzable. Levanto la mano las tres veces, Jesús me dice que sí sé, solo que no me da la gana de estudiar, que eso es lo peor. Yo no sé qué cara pongo, guardo mis cosas y entro. Andrés sigue coqueteando, esta vez ha cambiado de chica, la misma técnica, pienso. Me siento en el medio, mi amiga Ruth me da su cuaderno y yo le digo que en el recreo me pongo al día. Son apenas las 10 de la mañana y ya me siento cansada, me recuesto en la carpeta y pienso en Dios, en las conversaciones que hemos dejado de tener, en ese escenario blanco que tantas veces me hizo perder la noción del tiempo. Me paso toda la clase mirando la pizarra y tomando apuntes, me atrevo a resolver la tarea que ya repartieron y le hago unas cuantas preguntas a Jesús, entiendo claramente todo lo que me dice, pero sé, también, que el oral de la semana siguiente va a ser un fracaso y el balcón me espera y un mensaje de David, también.
El timbre otra vez, tengo ganas de llorar, decido no salir al patio, veo desde mi carpeta que David se va con una chica de cabello largo y castaño, me alegro por él. Andrés aparece en mi carpeta y me besa la mejilla, se queda apoyado en mi hombro esperando que yo le diga algo, que le prometa que la próxima si estudio; no obstante, mi respuesta es un silencio largo e incómodo, Fiorella viene y se lo lleva, la odio.
No estoy enamorada de él. No lo amo, no muero por él. Solo me siento mal cuando lo veo, cuando me habla y en especial, cuando descubro todo lo común que tenemos. Y recuerdo esa frase, él metió mariposas a la fuerza en mi estómago, y me pongo triste porque algo de cierto tienen las frases que hablan de amor, pero me voy corriendo, odio tanta cursilería, y estoy leyendo un poema de él, el cual bajo ninguna circunstancia es para mí.
martes, 20 de septiembre de 2011
Boletos de combi
"But as long as you still keep pepperin' the pill
You'll find a way to spit it out, again".
Alex Turner.
You'll find a way to spit it out, again".
Alex Turner.
Estoy caminando despacio, hasta podría decir que cuento mis pasos, una calle me parece conocida, se llama Av. Soledad. Podría decirse, también, que estoy mejor que antes, que hoy no ha llovido y que el cielo está gris por puro placer. Saco la dirección de mi bolsillo y busco los números, estoy bastante lejos de mi destino, así que decido tomar un micro, al parque Kennedy, por favor. Estoy nerviosa, paso las canciones del MP3 y no las escucho, juego con los audífonos, me pongo roja, y en ese momento, la voz infinita de Cerati me dice que el vacío es un lugar normal. Le creo, es un lugar normal y muy recurrido. Bajo, me chocó con un grupo de chicos con dreads, uno de ellos me sonríe, algún efecto tiene este polo de Led Zeppelin. Mi cabeza se divide en dos, el corazón de la razón me dice que no cruce, que este dejó de ser un juego de niños hace tiempo. Me miro con desprecio, porque siempre Miraflores termina siendo el peor lugar, nostalgia tonta, miradas avergonzadas, cigarrillos elocuentes. La temperatura ha disminuido, lo sienten mis manos, no sé si soy la única que nota lo gélido del clima o es mi nerviosismo, el cual hace que mi presión caiga en un tobogán, tengo ganas de hacer pila, me arden los ojos porque los he delineado, corro al baño. Cruzo la pista y según yo, esa vana acción me hace madura. Recuerdo cosas que en realidad nunca pasaron y me siento en una maceta gigante a esperar. A esperar más. A seguir esperando. A esperar por última vez. Prendo un Lucky y empieza mi pelea cotidiana con el tabaco. No, hoy no me mareas, hoy no me siento triste, hoy voy a aclarar todo, hoy te fumo sin remordimientos, hoy no está mamá reventándome el celular, hoy soy grande. La mano cálida de Alex revive momentos malos, pasan los años y lo veo incrustado en otra historia mía, lo miro fijamente (como nunca) y lo abrazo. Suspiro en su hombro y siento como los gatos del parque juegan con los pesos que me voy quitando de encima. “El problema es que Alex no existe, Ana, tú lo inventaste”. Siempre él habla más que yo, así que decido contarle algunas cosas, estoy leyendo a Vargas Llosa y a Cortázar, siento que estoy metida en el paréntesis de un paréntesis, ¿entiendes?, como si la felicidad y la tristeza fuera prescindibles, igual mi vida sigue tornándose muy filosófica y como hay mucho tiempo…Llegamos a este lugar, una banca, una escultura de Szyszlo, el mar, mi verdad. Abro mi bolso y saco un clip. Le digo que me dé su mano, él se ríe. La abro y pongo un clip violeta entre sus dedos, la cierro. Ya no te puedo ver más, Alex. Tú no dices nada, parece no importarte, es viernes así que puedes irte. Seguro más tarde saldrás y bueno, no me importa (¿no me importa(s)?). Lo del clip está clarísimo, en él te estás llevando todos los correos, todos lo papelitos escritos en cualquier lugar, todas las canciones, todos los sentimientos volubles, todos los “te extraño” y los “te odio” también. Te sonrío y bajo la mirada, y pensar que había imaginado este momento muchas veces. Pero así es todo, plano, indistinto, tonto, amarillo. Me quedo sola y veo cómo te marchas con las manos en los bolsillos, no sé si estás triste. Te cambio por el mar, lo miro a él y lloro. Lloro para adentro, me trago mis lágrimas, recuerdo lo que dije hace varios años atrás, “yo nunca voy a llorar por un chico”. Y es verdad, Alex, tú no eres un chico, eres un invento mío. Chau, Alex, te quiero mucho, pero no debo hacerlo. Hoy soy grande, hoy mamá no revienta mi celular, hoy fumo y no me mareo.
(Cada vez que vuelvo a pensar en él, una melodía borrosa cruza mi cerebro, es como si cambiara de estación a cada rato, como si buscara una canción que encaje con mi rara relación con él, pero el resultado es desfavorable: no existe tal tropiezo musical)(Ana había llegado a ese nivel de tristeza al cual yo solo puedo llegar después de varias copas. Me dijo que la disculpara, que se sentía muy tonta porque no sabía el motivo de su llanto)( Había cambiado las galletitas por cigarros light, guardaba fotos en blanco y negro, se sentaba a pensar. Ana se había convertido en una espectadora de la vida, en un ser humano transparente que caminaba rápido. No sentía el calor de su hogar, no quería hablar de cosas tristes con nadie, no podía escribir como antes. Sus frases y sus acciones resultaban torpes e infantiles, hacía todo lo posible por demostrar que había crecido, que esas ojeras y esas sonrisas forzadas eran parte de un cambio. Ana cree que Fabián es superior, lo mira distinto, espera algo de él. Pero no hay respuestas, el brillo de sus ojos la delata)( La niña que corría despacio y nunca podía quedarse afuera pasadas las 6 y 30 de la tarde se ha convertido en una mezcla rara de confusiones vocacionales, de vacíos infinitos en el estómago y de mirada triste. Hoy me duele no poder escribir como antes, sentir que mi mano y las palabras se han peleado, ver dormir a mi fluidez literaria, pasar madrugadas sin crear ni una sola oración, fumar compulsivamente pensando en que la Literatura y yo estamos en una relación complicada y abierta, tan abierta que no existe ningún tipo de compromiso).
-Es todo por hoy, Ale. La próxima que sea Ale la que crezca y no Ana.
Abro mi bolso y saco mi billetera, hay muchas cosas, encuentro un clip en el piso y lo guardo, se mezcla entre mis boletos de combi y mi carnet de estudiante. Salgo del consultorio de Kike y no hace frío.
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