viernes, 20 de mayo de 2011

Cuando llegue arriba

Salir de casa, llevar una gran mochila en la espalda (una de conejitos, la que usaba en el cole) llueve en el centro de la ciudad, los micros van llenos, los audífonos me cuentan que hay una lágrima en el fondo del río, la neblina me pone triste, me dan ganas de escribir. Me pierdo entre la gente del autobús, pienso en ... pienso en no pensar.
Lo primero que veo al llegar al cuarto piso es la espalda de Andrea. Es su novia, se besan todos los días, en los recreos, en las salidas. Fabrizio(EL) me mira desde esa espalda que no es mía. Se abrazan,  se dicen que se quieren. Yo sonrío, y entro corriendo a clases, si hay algo que necesito en ese momento es leer, olvidar esa sensación rara,ese nudo en la garganta que algunos llaman amor. Me quiere hablar, lo evito, abrazo a Rodrigo, mi mejor amigo, le digo que no me deje sola.
(...)


Y así termina el día, sin besos, sin caricias rotas. Solo llevo en la mochila tareas, libros, un par de cigarrillos, un abrazo que promete mucho pero nada cumple.

lunes, 16 de mayo de 2011

CalleAlergiaNostalgia

Lo único que nos separaba eran los segundos del semáforo. Para él la imagen de la persona caminando era totalmente ajena. Yo miraba los carros, los que iban en dirección a Salaverry y los que iban a La Marina. Hace varios días que estoy pero no estoy. Estoy tratando de armar un rompecabezas que, literalmente, me rompe el cerebro. ¿Sigo con esta situación rutina-amor-tristeza-literatura-JoaquínSabina-AndrésCalamaro-ContigoAprendí?

Para Alejandra esa canción tenía muchos significados, pensaba en quién podría pensar en ella al escuchar la ronca voz de Andrés Calamaro. Ella pensaba en una sola persona. Y no sabía si pensaba en él porque aún lo quería o porque no había otro chico en quién pensar. Y si había un chico, ¿por qué tardaba tanto en descubrirlo?
Volver a mi casa era todo un acontecimiento. Siempre pensé que en ese departamentito, ubicado frente a la Universidad que nunca me dijo ingresaste, herencia de mi abuela Irene, todos los días parecían domingo. Un silencio largo y ensordecedor colmaba mis tardes frente al sol. Los dieciocho cursos del prospecto parecían aparecer frente a mi escritorio, yo no los miraba, me concentraba en la zona de los libros comprados, regalados y prestados. Recordé una frase que dijo Joaquín Sabina en Más guapa que cualquiera : “regresa aquel perfume de fotos amarillas”. A eso olía mi cuarto, a fotos amarillas, a papeles gastados, a recuerdos escondidos en un cofre musical, con muñequita de ballet incluida. La dirección de mi casa venía acompañada de un formato de hoja, departamento A4. Mi cuerpo detestaba el polvo, no lo podía asimilar, una serie de estornudos acompañaban mi manera casi enferma de ordenar y ordenar mis cosas. Porque a mi casa solo se va a ordenar, a prepararla para una próxima llegada, pasar las noches ahí, vivir ahí, resultaba un llamado a la reflexión y a la soledad de dos personas (mamá y yo). Y a la compañía de dos tíos abuelos que se pasan el día frente al televisor, viendo gente más joven que ellos. Cuando regrese, casa, será para quedarme y para recordar, luego, un pasado que en ti se forjará.




Podría sentarme en un libro
Matar las horas discutiendo con mis faltas ortográficas
Ver el cielo desde arriba y no desde mi cama


Sabía que la neblina tenía una relación complicada con el sol
¿Se querían?
¿iban a admitir el locuaz silencio que los enamoró?
El amor, en todo caso, era una suerte de sopa de letras
Una planta verde que crece en el asfalto
Una revolución dañina en la garganta.








Ale