Siempre he odiado los timbres, el de mi casa, el del teléfono, el del colegio, el de Pamer. Donde todos veían la oportunidad de salir de clases o de contactarse con alguien, yo veía un llamado a la realidad, la peor manera de enfrentarme a un examen que, sin llegar, ya me tenía bastante asustada. David trata de alegrarme las mañanas con una canción, hoy ha traído toda la discografía de Café Tacuba. Yo le regalo una sonrisa a medias y escojo Quiero ver. Nos ponemos rojos, yo lo abrazo fuerte y le digo que somos muy tontos como para empezar a querernos y malograr nuestra complicidad. Además, el sigue sufriendo por Fabiola, su ex, y yo empiezo a sufrir por Andrés. La primera clase del día es Lenguaje, curso fijo en mi carrera. El profesor tiene pinta de escritor, lentes negros gruesos, bigote abundante, voz eterna. Pero lo que tiene de escritor lo tiene también de jodido, sabe que no sé su curso porque me aburre leer tanta teoría y me saca a orales. Técnica utilizada para que todo el salón mire directamente al tarado que no quiere ser cachimbo. Yo estoy con una chompa azul y un pantalón gris, mi cabello está alborotado, mis ojos tienen una tenue línea negra, me dirijo a la pizarra sin ganas, con cara de bóteme de una vez y evitemos la vergüenza. Pero el profesor me sonríe y me dice que me pare al costado de Eduardo, un pata que va a Ingenería y que odia todo lo que tenga que ver con letras. Lo malo de este rincón del salón es que se puede ver todo, miro el fondo del salón y encuentro a Andrés coqueteando con una chica alta y maquillada hasta los huesos, se da cuenta que lo miro y me saluda. Las preguntas empiezan y yo no pienso en nada, Lima parece estar quieta a esa hora de la mañana, tiene un color indescriptible, el color de la tristeza, tal vez. Veo que una chica levanta la mano, responde, aplausos, se sienta. Quedamos tres en la pizarra, yo soy la única de letras, a los otros siempre los perdonan porque ellos saben matemáticas, pues. ¿Y tú qué sabes, Alejandra? No todo el examen es Literatura. Para mi buena suerte, sacan a un amigo que va a mi facultad, porque estuvo fastidiando al profe, empiezo a reírme, ponen a Alex a mi costado y le digo ¿sabes? No, Ale. Cinco preguntas más, nadie responde, el salón nos mira mal, piensan que somos unos irresponsables, que no nos tomamos nada en serio, que hemos llegado a la academia a hacer vida social, que no vamos a ingresar. La mitad del salón, claro, porque la otra mitad tiene la misma mirada perdida que yo. Pienso que la vocación es un tema delicado, y que a los diecisiete años uno recién descubre que hay vida después del colegio y que la vida es dura y que si mamá está enferma qué va a ser de mí. Y mi papá vendrá a recogerme y me dirá que si no ingreso me voy olvidando de la universidad y voy preparando mi CV. Y llega una pregunta de fundamentos visuales y respondo desde mi sitio, y es ahí donde me doy cuenta de todo, ya no estoy en Pamer, estoy en una clase de Diseño Gráfico, me siento mal y me llevan a la enfermería, hace días que no duermo. Lo que más me duele es que en este salón con vista privilegiada a San Isidro, no hay un Andrés por quien morir todos los días, como sí el dolor fuera algo bueno, como si el amor (¿o la ilusión?) fuera una condición para estar vivos. Las palabras de Jesús me golpean por segunda vez, ¿cómo no sabes lenguaje si vas a Comunicaciones?, yo miro a otro lado, no puedo enfrentar su cara, porque en ese momento tiene una expresión muy parecida a la verdad. Entramos al salón para sacar nuestros libros, yo levanto mi mochila, mi celular está abierto, hay un mensaje, salgo en cinco minutos y hablamos un ratito. David me llama, no volteo, luego me siento mal. Mi tutora me manda al balcón, como si yo hablara mucho y fuera a fomentar el desorden, sonrío y aprovecho para tomar fotos, cinco imágenes en sepia, el color del día. El color de todos los días de ese invierno del 2009. Abro mi mochila y saco mi libro, mi celular vibra, es David. Supongo que siempre esperaste esto, Ale, un castigo por no estudiar, una manera de negar tu pasado en el colegio. Me gusta su reflexión, cuando llegué a Pamer decidí pasar desapercibida, lograr que los profesores no sepan mi apellido, buscar un espacio propio, marcar los límites de mi soledad y estudiar hasta ingresar a la universidad; pero la realidad se ha distorsionado un poco, la siempre metiche ficción ha decidido jugar un poco con la historia, volver esta etapa de preparación en un sinfín de nuevas experiencias, en un susurro que grita es hora de vivir. No seas tonto, David, el único castigo que espero es la indiferencia, pero Jesús ya me tiene en la mira, estoy segura de que me toma como un reto, va a perder todo lo que esté apostando porque yo ni fregando ingreso en septiembre. David va a abrazarme, pero yo me adelanto y le digo que lo quiero un montón, que lo único bueno de estar afuera es que él va mucho al baño justo cuando me botan. Me sorprenden mis palabras, no suelo decir lo que siento con tanta naturalidad, siento que mis mejillas están carbonizándose y confirmo mi estado de vergüenza, con su te has puesto roja. Empiezo a estudiar la primera unidad, encuentro una tonelada de anotaciones en las hojas, lo escribo en mi cuaderno, resalto las ideas que parecen importantes, pienso en Alfredo Bryce Echenique y Cynthia, la hermana de Julius. Soy la única del grupo que se concentra, los demás están resolviendo la tarea de álgebra, los ejercicios más trancas, los que solo me pueden salir con la ayuda de Manuel, el asesor rocker. Jesús sale y nos llama, todos van cabizbajos a la puerta, yo estoy muy distraída como para tenerle miedo al profesor, tres preguntas y entran, compromiso de oral para la otra semana, quiero que ingresen, no que mueran de frío en el balcón, yo ingresé a la primera, comunicación social es una carrera alta, casi inalcanzable. Levanto la mano las tres veces, Jesús me dice que sí sé, solo que no me da la gana de estudiar, que eso es lo peor. Yo no sé qué cara pongo, guardo mis cosas y entro. Andrés sigue coqueteando, esta vez ha cambiado de chica, la misma técnica, pienso. Me siento en el medio, mi amiga Ruth me da su cuaderno y yo le digo que en el recreo me pongo al día. Son apenas las 10 de la mañana y ya me siento cansada, me recuesto en la carpeta y pienso en Dios, en las conversaciones que hemos dejado de tener, en ese escenario blanco que tantas veces me hizo perder la noción del tiempo. Me paso toda la clase mirando la pizarra y tomando apuntes, me atrevo a resolver la tarea que ya repartieron y le hago unas cuantas preguntas a Jesús, entiendo claramente todo lo que me dice, pero sé, también, que el oral de la semana siguiente va a ser un fracaso y el balcón me espera y un mensaje de David, también.
El timbre otra vez, tengo ganas de llorar, decido no salir al patio, veo desde mi carpeta que David se va con una chica de cabello largo y castaño, me alegro por él. Andrés aparece en mi carpeta y me besa la mejilla, se queda apoyado en mi hombro esperando que yo le diga algo, que le prometa que la próxima si estudio; no obstante, mi respuesta es un silencio largo e incómodo, Fiorella viene y se lo lleva, la odio.
No estoy enamorada de él. No lo amo, no muero por él. Solo me siento mal cuando lo veo, cuando me habla y en especial, cuando descubro todo lo común que tenemos. Y recuerdo esa frase, él metió mariposas a la fuerza en mi estómago, y me pongo triste porque algo de cierto tienen las frases que hablan de amor, pero me voy corriendo, odio tanta cursilería, y estoy leyendo un poema de él, el cual bajo ninguna circunstancia es para mí.