martes, 28 de junio de 2011

Mi papá no es un héroe

El te quiero tenía el nauseabundo olor de la cerveza, mi cerquillo había absorbido todo el humo del tabaco que aún saboreabas, papá. Tenía cinco años, un vestido blanco y una altura desde la cual podía admirarte. Fue la única vez que lo dijiste, según los claros recuerdos que tengo de mi niñez, tiempos en los que la sobreprotección de mamá y tu frialdad me confundían. Había sido una mala noche, mi pareja de promoción no quiso bailar conmigo, fue la primera vez que experimenté el rechazo de un chico (y no la última). Lloré en un rincón del local, pensando que no era bonita, que Timoteo era un chico disfrazado y que la vida era triste, muy triste. Ahora veo esa foto, en la que salgo con una sonrisa a medias, sosteniendo mi diploma de graduada, atrás hay una mesa llena de bocaditos, una torta parecida a la de los matrimonios, el espejo refleja a mis amigos bailando. El cerquillo me cubre un poco los ojos, mi rostro muestra unas incontenibles ganas de huir.  Creo que se llamaba Alfonso, faltamos el día que eligieron las parejas. Yo había pasado la mañana de aquel lunes en el hospital del Niño, mi otra casa, como decían mis primos. El asma era una especie de defecto que me convertía en una niña enfermiza y miedosa. Nunca olvido ese reloj de Hello Kitty que colgaba en el consultorio de nebulizaciones, un humo transparente salía de mi rostro, un humo que recuerdo cuando decido comprarme un Lucky. Su terno y su cabello corto me dijeron no, no quiero bailar contigo. Mi mamá quiso matarlo con la mirada, pero en ese momento yo ya me había ido corriendo, a buscar a mi papá, supongo. Lo encontré con los papás de mis amigos, quise llamarlo, hacerle alguna señal, mandarle un mensaje secreto, esos que suelen tener los padres y sus hijos. Al no encontrar respuesta, regresé a la fiesta, a ese mundo pequeño lleno de bailes felices y zapatos de charol. Jorgito accedió bailar conmigo, Abelardo también. En ese momento, no me sentí tan mal, un pedazo de torta llena de crema chantilly terminó por sacarme una sonrisa un poco deshonesta. No imaginaba que al final del día iba a recibir el abrazo de papá, un abrazo al que accedí en el aire, porque me tenía cargada. Nunca te he vuelto a ver tan cariñoso papá. Muchas veces me he preguntado (y me han preguntado) por qué soy tan fría, por qué tengo esa manera tan lejana de abrazar. Y mi respuesta es que no me gustan los abrazos, que me asfixia tanta demostración de afecto. Pero no es verdad, no me permito ser tan expresiva porque me da miedo, porque la imagen del hombre perfecto (hablo de ti papá) nunca me enseñó a querer tan abiertamente. Claro que si yo hubiera aprendido de mamá, sería la persona más cariñosa del mundo. Sin embargo, como ya lo mencioné, fue difícil vivir en esos mundos paralelos, la frialdad e incluso indiferencia versus la extrema atención. Además siempre pienso que el fin perfecto de un abrazo es el llanto. Como el abrazo que me dio mi prima Cathy, ese domingo que lloré hasta el cansancio por la salud de mamá. ¿Recuerdas la vez que te enseñé un baile que aprendí en la escuela y me caí? Yo lo recuerdo, pa, porque todas las noches en mi regreso a casa, paso por ese parque. La banquita ya no está, pero probablemente se quedaron grabadas tu risa, la de mamá y mi llanto, suave y oculto. A las personas les gusta hablar de las virtudes que han heredado de sus padres, seguir la misma profesión, tener el mismo éxito en los negocios, tener vocación de madre, etc. Lo que me ha resultado bastante complicado es aceptar que he heredado tus errores y algunos de tus peores defectos, papá Alfredo. Creo que ese es el momento cumbre de la paternidad, verte reflejado en tu hijo, ver que él o ella tienen ese defecto tuyo que les molestó tanto en su niñez. Yo soy tan fría como tú, pero nunca sería así con mis hijos, porque si no la cadena nunca se va a acabar.  Sé que tu padre no fue el mejor de todos, tenemos eso en común, los dos creemos que nuestros padres no son héroes. El abuelo te abandonó, casi te obligó a que te hagas cargo de la abuela y de mis tíos. Por eso me exiges tanto que crezca, que no espere nada de nadie, que no te diga tonterías como quiero ser escritora. Siempre he odiado tu racional y cerrada manera de pensar. Así piensan los que crecieron rápido, hija, no puedes estar escribiendo la vida sentada en tu cama, la vida se vive afuera. Ya lo estoy aprendiendo, papá. Y si hay algo que nos ha salvado a los dos, es la música. No olvido el día que entraste a mi cuarto y me dijiste ¿Led Zeppelin? Y yo asentí y te sentaste a mi costado y comenzamos a buscar música en internet. Y luego me pasaste una lista interminable de grupos de rock de los 70’s. Ahora ya no tenemos que enfrentar tantos silencios incómodos, siempre hay algo de qué hablar, sé que te llevaste una decepción tremenda cuando no ingresé a San Marcos, tal vez ,al igual que yo, pensabas que mis buenas notas eran la única virtud que tenía. ¿Cómo pude confesarte eso en el 2009? Cómo pude decirte creo que estoy enamorada, papá, y no se siente muy bien. Te lo dije justo cuando me ponía el cinturón de seguridad, una tarde, al salir de la academia. Te lo dije porque sabía que iba a recibir tu silencio como única respuesta, porque no necesitaba el reproche ni el consejo de nadie. Y cada vez que leo Prosas Apátridas recuerdo tu mirada triste en mi cumpleaños número dieciocho, porque tú no me regalaste nada, y mi primo me dio uno de los mejores regalos de la vida. Ese día no cenaste conmigo e hiciste que llore en el baño del restaurante. No dejo de preguntarme dónde estás papá, o mejor dicho, dónde mierda estuviste toda mi infancia y parte de mi adolescencia. Y lo más extraño es que me hago esas preguntas mientras almorzamos, mientras te enseño fotos del hijo de mi medio hermano. Mamá siempre te defiende, me pide que te entienda. ¿Y quién te pide a ti que me entiendas? Sigo siendo la misma chiquilla insegura que se escapó un ratito de su fiesta de promoción, y no es tu culpa, ni la culpa de mamá. Es algo que debo resolver sola. Nunca fuiste un héroe, papá, siempre fuiste un antihéroe. Es mejor así, la perfección siempre me ha parecido aburrida, además, si hubieses sido un padre ejemplar, yo hubiese tenido una estabilidad que no me permitiría escribir con tanta obsesión. Veo cómo te esfuerzas trabajando, y cómo haz olvidado lo que amabas en tu juventud: el rock. Y parece que es mi culpa, parece que soy la responsabilidad que no te deja crecer como adulto y recordar lo que alguna vez soñaste. Hay muchas otras cosas que quiero decirte, pero en honor a tu personalidad, me quedaré en silencio.


Te quiere, Ale.