Ella decidió vestirse de blanco ese día. Su mamá le dijo que el blanco no le quedaba, que no resaltaba los hermosos ojos marrones que decoraban su rostro (lo único bueno de su cara, para ser sinceros). Pero a ella no le importó, se puso un vestido blanco, unas zapatillas negras y se marchó. Ese día el verano había saludado a Lima y la neblina se había despedido. Las nubes, lo más lúdico del cielo, corrían como si la noche las estuviese persiguiendo. Ella miró al cielo y creyó estar mirándose en un espejo. Sabía que no era bonita, que la belleza se medía con muchos centímetros de altura y pocos de cintura. Se golpeó suavemente la cara con los dedos, caviló unos segundos, y siguió caminando. Hoy quiero ver el mar, pensó. Entonces, tomó el micro que tardaba mil horas en llegar a Miraflores. El micro es un buen lugar para pensar. El tema de aquella tarde era el rumbo que le estaba dando a su vida. ¿Era feliz? ¿ Necesitaba algo (o a alguien) para serlo? ¿Se sentía orgullosa de sus veinte años de vida? ¿Quería volver a nacer? ¿Era una buena decisión irse? Tantas preguntas serias y futuristas la marearon. Así que decidió escuchar la voz de Robert Plant, y en el mp4 sonaba Going to California. Las calles de la avenida Arequipa estaban llenas de institutos, miles de nombres raros, miles de chicos con mochila, miles de preguntas recién nacidas y miles de cuadras hasta el óvalo de Miraflores. ¿Qué quiere el destino para ella? ¿Qué quiere hacer ella con su vida? ¿En Lima le quedaba algún asunto pendiente? ¿Los problemas se llevan en el avión y se toman en la cena con un café? Un chico de lentes negros subió al micro.
-Se parece tanto a Diego- pensó.
No, Diego no era ni su novio ni su ex. Diego era, simplemente, su experiencia más cercana al amor. Ella lo miraba desde su carpeta, a escondidas, mientras él hablaba con sus amigos de chicas bonitas y de sus planes para celebrar su ingreso a la universidad. Diego era el epítome de la perfección para ella: no era ni muy alto ni muy bajo, usaba lentes negros gruesos, su cabello era ligeramente ondulado y castaño, tenía una barba frondosa llena de sueños que solo ella concebía, su estilo parecía salido del mar. Diego era el título de su novela de amor. Diego era todo. Pero la perfección se quedó ahí, en el aire. Se mantuvo virgen y libre de cualquier conversación vana. Nunca hablaron, nunca él la miró en serio. Nunca. Nunca. Ella cree que estuvo enamorada de él. Pero, ¿cómo saberlo?
Tanto recuerdo la hizo abrir un libro, pero luego lo cerró, tras mil intentos fallidos de concentración. ¿ Qué iba a hacer sola frente al mar? ¿Mirarlo y sentir nostalgia anticipada? ¿Arrojar su boleto de avión al mar era una buena idea? ¿ Se sentaría en la banca en la que tantas veces pensó en él? Se bajó en el parque Kennedy para despedirse de su amigo pintor. Y luego pasó una de esas cosas que solo creemos que ocurren en la ficción de una película o un libro (esta es la parte en la que se acaba la tinta de mi pluma).
Diego apareció. Ella, de blanco, hablaba tranquilamente con su amigo, el pintor. Y no se sabe por qué miró en dirección al Mc Donalds y bam., diego a punto de cruzar la pista. Y ella nerviosísima, con ganas de salir corriendo. Y su amigo pintor que no paraba de hablar. La verdad es que Diego la miró todo el rojo del semáforo. Y ella, escéptica, pensaba que miraba a otra persona. Al pintor, tal vez. Y bueno, tantas evocaciones, tantas miradas furtivas desde el fondo del salón, tantos exámenes dados pensando en él. Pero no. Lima no fue tan gentil como regalarle a Diego esa tarde. La esperanza había olvidado mostrar a la bonita y casi-perfecta chica que acompañaba a Diego. Lo más razonable fue despedirse de su amigo y partir al mar. A sentarse en la banca, a pensar, a pensar mucho. En lo que deja, en lo que va a traer. A pensar en lo que nunca pasó y nunca pasará. A pensar, porque eso es lo único que ella hace bien. Lo único que hacen bien ella y su vestido blanco.