miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuando uno más uno no es dos

Sabía que Diego era un nombre bastante común y que tendría que escucharlo por el resto de mi vida. Esta entrada me ha costado muchas noches de insomnio, muchos cafés, mucha alergia, mucho dolor y nostalgia. ¿Nostalgia? La peor, la nostalgia de la que alguna vez habló Betsi por facebook, la nostalgia que uno siente por algo que nunca pasó. He tenido que abrir muchos cuadernos y leer muchas anotaciones hechas a la carrera en algún papel cualquiera. He escuchado esa carpeta con su nombre. He ordenado esta historia y la he revelado en un cuarto oscuro. Le he sido infiel a mi recuerdo. Me he sentado a escribir, a empezar a cerrar esta situación que me deja con cara de zombie y aspecto Patti Smith. He corregido mil veces mis ideas, he roto papeles que eran o muy duros o muy cursis. Me he sentado a hablar conmigo misma. He separado con pinzas la realidad de la ficción. Estoy estudiando este curso, el cual hace rato jalé: Introducción a la historia de Diego.

Todos se llaman Diego y él no es la excepción. Lo conocí en ¿mayo? (qué mala memoria). Quisiera recordar cómo rayos fue el 2009 antes de conocerlo, pero no puedo. Me confundo de salón, de tutor, de amigos. Llegué a Pamer en marzo porque no ingresé a la Católica. Desde segundo de secundaria, la PUCP estaba en mis planes. Averigüé las carreras, la pensión, todo. Esa iba a ser mi universidad y “yo iba a ingresar a la primera”. Postulé a una carrera nueva: Comunicación para el desarrollo. A Literatura no, por insistencia de mis padres y porque me daba miedo enfrentar la única cosa buena que me pasaba en la vida: escribir y leer. Fue una mala idea terminar el colegio en el 2008, en mi casa todo andaba mal: mamá no conseguía trabajo y papá seguía con su sueldo chiquito. La Católica solo podía llegar a mis manos con una beca. Y eso no pasó, no quedé en los diez primeros. La poca coherencia que tenía mi vida al salir del cole se había desmoronado. Y todo era mi culpa, me pasaba más horas pensando en cómo me iba a ir en la Cato que estudiando. No merecía ese ingreso.
Extraño a la Alejandra del colegio. Todos los años llegaba a mi casa un diploma, me esforzaba, tenía buenas notas. Mentiría si digo que fue pura convicción, yo vivía aterrada por los exámenes, sentía que era una buena para nada, lo único que podía controlar era mi disposición para estudiar. Me sentía poco atractiva y pensaba que solo servía para fines académicos. No me equivocaba (o tal vez sí, quién sabe) tenía pocas amigas, no salía los fines de semana, odiaba las fiestas (me dan dolor de cabeza y siempre termino siendo la chica del parlante). Prefería estar en casa, sola. Del cole recuerdo mucho, era de mujeres y ahí descubrí que existía un grupo de personas que se ganaban la vida (y la felicidad) contando historias. Me gustaba ser independiente y leer en la biblioteca (la cual era tan pequeña como mi cuarto). No pertenecía a ningún grupo, me divertía con todas. Los primeros años de secundaria me enamoré de un señor con lentes redondos: Alfredo Bryce Echenique. Un mundo para Julius fue lo que me salvó del aburrimiento durante mi exilio por tener varicela. Aprendí que la monotonía que vivía a diario era una manera estúpida de pasar los días. Yo quería las aventuras de Julius, jugar en una carroza, tener una hermana, preguntar todo. Esos días de fiebre y picazón fueron el origen de una Ale lectora y (vagamente) escritora.
Me da miedo llegar a la conclusión de que no me parezco nada a esa Alejandra, la cual, un día, se convirtió en Aleha. En el colegio, leí muchos libros que he olvidado con el tiempo. Mi vida se resumía en cuatro cosas: estudiar, respirar, leer y escribir. Es decir, nunca me daba la oportunidad de enfrentar la realidad, ni mucho menos de conocerme. Era casi un robot.
Bueno, estaba en que lo conocí en Pamer. No había vivido tanto como él (ni escrito, ni leído). Mi ingreso a San Marcos iba por el mal camino. Conocerlo significó conocerme a mí misma. Porque descubrí que podía sentir cosas más fuertes que el miedo y la soledad, porque ya no se trataba de algún problema menor que podía resolver con mamá o que podía meditarlo en el micro: Yo estaba “enamorada”, o al menos eso creía. Mi experiencia con los chicos era totalmente nula, tenía pocos amigos, ninguno de ellos compartía mis intereses, eran amigos por rutina, nunca por definición. Pamer me chocó, no solo por la exigencia intelectual, sino también porque empecé a conocer gente demasiado rápido, cada día conocía a alguien nuevo. Fue un mal momento para el nacimiento de mi lado sociable.
Creo que nunca lo terminé de conocer. Teníamos una amiga en común, y bueno un día llegué tarde y me senté a su costado. Una EVA de geometría y una mirada rápida al cielo demostraron que yo estaba ya mal. Él resumía (ya no más) todo lo que yo nunca había hecho y quería hacer. Era como el fruto prohibido (¡qué rayos!). Mi primera rebeldía (a los 17 años). Entonces, los días en Pamer ya nunca más fueron los mismos: anotaba mil cosas en un cuadernito, poemas según yo, pensaba en todo, en por qué iba a estudiar algo que no quería, por qué siempre quería complacer a todos, etc. Decidí cambiar, no sé si para bien o para mal, pero quería cambiar. Ya no estudiaba con las fuerzas del colegio, leía un rato, me distraía y escuchaba música o escribía, mis notas eran pobres, mi tutora pensaba que yo no iba a ingresar. Y tenía razón. Seleccionaba cursos, solo estudiaba los cursos que me gustaban, literatura, trigonometría, historia del Perú, Economía. En los orales era una vergüenza : casi siempre me botaban del salón. Me parecía rara la urgencia que tenían todos por ingresar, y claro, cómo iba a entenderlo, si yo no quería la carrera a la que postulaba. Luchar por algo era un tema que me parecía muy frío y común. Y Diego me contaba todos los días sus aventuras , las cuales casi siempre me decían entre líneas tú no haz vivido nada. Yo moría por dentro, en especial cuando me hablaba de sus chicas, las cuales para mí eran superiores. No entendía lo que me pasaba, mi corazón latía fuerte, sentía un vacío en el estómago, no tenía hambre, paraba siempre distraída, escuchaba a Fito Paez. En esa época, mamá tenía mil trabajos y me sentía mal por ella, yo sabía que no iba a ingresar en septiembre. Un día, tuve algo así como una iluminación en el micro. Enamorarme de Diego era mi más grande atrevimiento, y al hacerlo (según yo) iba a convertirme en una MUJER e iba a dejar a esa niña que todos veían como la amiga graciosita. Me iba a volver un ser humano sensible y sincero. Y ahora me doy cuenta de lo tarada que fui. Yo lo único que necesitaba era conocerme a mí misma y decidir qué rayos quería hacer con mi vida. Diego fue una señal, un stop. A veces creo que Diego no existe, que no es más que un invento mío. Una necesidad imperiosa de querer a alguien, de ordenar mis ideas. Es decir, Diego no es una persona, es un conjunto de confusiones mías, pobre de él, que llegó a mi vida justo cuando yo tenía todo revuelto. Él es la manifestación física de mis miedos. Él (persona) no se parece en nada al Diego de mis historias (mil gracias a Enrique, amigo psicólogo del facebook, quien me hizo entender esto). En todo caso, tengo algunos recuerdos que están volando en mi cabeza ahora. Me gustaba mirarlo cuando leía. El sol (enemigo) lo iluminaba. Rayos, era una imagen casi perfecta: él, un libro, el cielo de fondo. No escuchaba la voz del profesor ni las risas de mis amigas. Había creado un mundo paralelo en el cual, según yo, enamorarse no era una mala idea. Qué tontita. Hace poco, descubrí que las canciones que yo escuchaba cuando pensaba en él, él las escuchaba pensando en otras chicas. Qué triste. Para él (me alegra y entristece a la vez) yo solo fui una amiga más, de esas que escuchan en momentos difíciles, un papel en donde siempre se puede escribir. No es su culpa, ni tampoco la mía. (Silencio incómodo entre el teclado y yo). Ay, Diego ha sido muy muy difícil aprender a quererte como amigo. Ya lo logré (creo). Ha sido complicado dividirte, un lado amigo y otro lado ...no sé cómo llamarlo. En fin, ser brothers es fabuloso. Algunas veces he tenido que mentirte para no arruinar las cosas. Yo nunca quise estar contigo. ¿Qué raro no? No sé, te quería pero no quería llegar a ese punto (porque sabía que no pasaría y porque creía que no era el momento). Y bueno, hace rato que no estás. ¿Estuviste alguna vez?

lunes, 7 de marzo de 2011

Se llamaba Soledad y estaba sola : el inicio

Empiezo esta entrada escuchando Mediocre de Ximena Sariñana, canción que dice mucho de lo que quiero hablar y me dispongo a escribir. He boceteado muchas veces esta historia, de hecho, tengo un cuadernillo lleno, cuyo título es cuando uno más uno no es dos. Pero prefiero improvisar, ser sincera, decir lo que me dicte el corazón y no la planificada mente. Empiezo con una conclusión : ¿Cómo rayos pienso recordar algo que no ocurrió? Hace un par de días descubrí que no hay nada, NADA qué recordar. Últimamente, ando confundiendo la realidad con la ficción. Sé que éste par juega sucio y que me voy a volver loca. Una soledad calculadora me persigue desde que encontré esta palabra (soledad) en el diccionario y en una canción. En primaria, siempre estuve rodeada de muchos amigos (los mejores, tal vez), una sonrisa sincera caracterizaba mi rostro, era Alejandra, la risueña. Una decisión mal tomada y la irresponsabilidad de mamá hicieron que cayera en ese colegio de mujeres en secundaria. Un colegio que, de bonito no tenía mucho y de amigable menos. Lo más raro era que antes de los primeros días de marzo, fecha en la que empecé clases, ya tenía un par de amigas aseguradas: Estephy y Joss, amigas de primaria. Los primeros días fueron los más elocuentes de mi vida. Hice amigas por montón, el salón entero sabía mi nombre y apellido. Yo no entendía muy bien qué pasaba, extrañaba mis momentos de silencio. Además, tenía apenas 12 años, no sabía lo que quería, aún no conocía el amor (no lo conozco todavía, creo), no sabía qué era necesitar a alguien que no fuera mamá, había dejado de escribir en diarios que olían rico y escribía al final de mis cuadernos. Entonces opté por la palabra, por contárselo todo a alguien que no se moviera: a una hoja. Sabía que el acto de escribir era un acto solitario y profundo, lo había escuchado en la tele, cuando entrevistaban a un escritor de cabellos blancos. Estaba decidido, no iba a hablar con nadie, o en el mejor de los casos, iba a hablar poco. A esta decisión la acompañó mi dedicación a las tareas y exámenes, pensaba que solo servía para fines académicos. La sobreprotección de mamá y la desaprobación de papá me tenían confundida , mi autoestima estaba más chiquita que yo. En las mañanas, no quería ir al colegio. Un nudo en la garganta se apoderaba de mi estado de ánimo, hablaba bajito, olvidaba decir presente cuando pasaban lista, era un fantasma. Lloraba todos los días, todos. En silencio, claro, nadie podía verme así, yo era feliz para el resto, era la hija que toda madre quería (eso me lo escribió una profesora en quinto de secundaria), tenía buenas notas, ''un futuro asegurado en una buena universidad''. La más bonita y perfecta mierda. Bueno, ahora me aburro un poco de esa soledad que por mucho tiempo disfruté. En realidad, me duele. Me duele no tener con quién hablar sin limitaciones, me duele estar encerrada en mi misma la mayor parte del tiempo, me duele que las historias que leo sean mil veces más interesantes que mi propia vida. En un principio pensé en hablar de este chico por el que aún muero, pero ahora descubro que solo era rutina, que todo se reduce a esta soledad del carajo que enferma mis mañanas y mis tardes y mis noches. En todo caso, el amor duele, el descubrimiento de la vida. Ja.

Ale.

viernes, 4 de marzo de 2011

Hoy no

Cuando Susan era niña, le gustaba verme escribir. Traía su silla rosada y la ponía al costado del sillón reclinable en el que solía pasar mis tardes literarias. De Silvia solo me queda la imagen (en blanco y negro) de la primera vez que la vi. Subía las escaleras apurada. Tenía una mochila gris que resaltaba lo luminoso de sus ojos pardos. Miraba cada escalón que iba subiendo y cantaba una canción. Se chocó conmigo y , apenas, se disculpó. Yo la seguí en silencio hasta su salón, en el sexto piso. Silvia era la clase de chica de la que nadie se enamoraba, su belleza se descubría a segunda vista. Su cabello alborotado, lacio y castaño; su piel libre de maquillaje; su figura delgada y larga; sus lentes negros; su rostro blanquísimo decorado por un tenue cerquillo. Yo la miraba todos los días, me ubicaba en el quinto piso y la veía salir con su botella de agua y su cuaderno, siempre escondía una obra literaria bajo sus chaquetas, siempre largas. Leía a Neruda, a Baudelaire, a Miguel de Unamuno, a Hemingway, a Julio Ramón Ribeyro. Un lunes que amaneció con la grata compañía de las lágrimas de las nubes, descubrí cuánto la amaba, de lejos, nunca me había atrevido a hablarle. Ella llegó con una boina gris. Sí, como en el poema de Neruda. Sus mohínos ojos parecían estar felices de ver el día lluvioso, la vi mirar el cielo y jugar con los charcos de agua. Me estaba enamorando hasta los huesos de una chica diferente a mis ex.







-Aló, Silvia. Habla Mauro.






Lo recuerdo sentado a mi costado, en una cama de sábanas blancas. Me mira con ojos culpables, yo le devuelvo una sonrisa inconclusa. Nos casamos hace un par de meses, una boda simple en una ingente iglesia del centro de Lima. Asistieron su familia, mi familia y amigos comunes. Tengo colgado en las cuerdas de mi cerebro su imagen en terno negro, su cabello castaño, sus ojos lineales y facundos de siempre, su cara de yo no fui, su maldita sonrisa deshonesta. Me iba a casar con Mauro, el primer chico que metió mariposas en mi estómago a la fuerza, el que tenía una fragancia deliciosa que enfermaba mis mañanas en la universidad. La tarde de la boda fue monótona y aburrida. Todo pasó a la carrera, nos casó el padre que me confirmó. Mi madre no lloró de alegría, lloró de alivio, porque por fin yo crecía y pasaba a responsabilidad de otra persona. Divisé a mi padre, allá en los Estados Unidos, maldiciendo a Mauro y a la tormenta que impidió su viaje. Toda la familia pensó que yo estaba embarazada por la proximidad de la boda y mi cara de niña emancipada frente al altar. Mauro y yo nos miramos asustados al escuchar esa afirmación popular que rondaba por toda la ceremonia. Acaricia mi rostro, su cabello está despeinado y sus ojos rojos. Me gusta mirarlo, contemplar las imperfecciones que delatan su infidelidad. Todos los domingos es lo mismo, los dos aparecemos sentados al filo de la cama con la inseguridad matrimonial al descubierto. Sus sábados transcurren en Miraflores y Barranco, se conoce todas las discotecas del mundo. Sale en todas las páginas sociales de los periódicos. Saluda, sonríe, con una copa de whisky en la mano y un cigarro entre los labios. Su prestigio literario lo hace famoso. Lo invitan a presentaciones de libros, a cócteles iluminados por flashes. Me enferma su beodo olor en las mañanas, él es el causante de mis dolores de cabeza y de otras aflicciones internas de las que prefiero no hablar. No te preocupes, Mauro, nunca voy a exteriorizar mi incomodidad, sé que para ti mi personalidad parca y misteriosa es mi mayor virtud. Una virtud que tus amigos celebran y mis amigas critican.


-¿Qué saben ellas de nosotros?- me dices, refiriéndote a nuestro versátil matrimonio.


Ayer fue el colmo, la infidelidad más detestable y negra en la historia de mis veintidós años. Llegaste con tu inconfundible cara de inocente, con mil tragos de más. Para preocuparme, me enseñaste las llaves del auto. Yo traté de mantenerme inmutable y a escondidas recé un padre nuestro por la vida de mi esposo alcohólico al volante. Abriste tu mochila, templo de cajetillas de cigarro, tarjetas de crédito, libros y destapadores. Y sacaste un libro de Pablo Neruda. Me abrazaste y dijiste que me amabas. Entonces, esa familiar madrugada se convirtió en el acto más vil de la infidelidad masculina y en la verdadera razón por la que no he pedido el divorcio. Le fuiste infiel a tus vicios nocturnos, y me dijiste con un libro que me amabas tanto, más o menos que yo a ti. Es este amor tan extraño y contradictorio que siento por ti el que me obliga a permanecer a tu lado y dejar intacto tu lado claroscuro de adolescente.