viernes, 4 de marzo de 2011

Hoy no

Cuando Susan era niña, le gustaba verme escribir. Traía su silla rosada y la ponía al costado del sillón reclinable en el que solía pasar mis tardes literarias. De Silvia solo me queda la imagen (en blanco y negro) de la primera vez que la vi. Subía las escaleras apurada. Tenía una mochila gris que resaltaba lo luminoso de sus ojos pardos. Miraba cada escalón que iba subiendo y cantaba una canción. Se chocó conmigo y , apenas, se disculpó. Yo la seguí en silencio hasta su salón, en el sexto piso. Silvia era la clase de chica de la que nadie se enamoraba, su belleza se descubría a segunda vista. Su cabello alborotado, lacio y castaño; su piel libre de maquillaje; su figura delgada y larga; sus lentes negros; su rostro blanquísimo decorado por un tenue cerquillo. Yo la miraba todos los días, me ubicaba en el quinto piso y la veía salir con su botella de agua y su cuaderno, siempre escondía una obra literaria bajo sus chaquetas, siempre largas. Leía a Neruda, a Baudelaire, a Miguel de Unamuno, a Hemingway, a Julio Ramón Ribeyro. Un lunes que amaneció con la grata compañía de las lágrimas de las nubes, descubrí cuánto la amaba, de lejos, nunca me había atrevido a hablarle. Ella llegó con una boina gris. Sí, como en el poema de Neruda. Sus mohínos ojos parecían estar felices de ver el día lluvioso, la vi mirar el cielo y jugar con los charcos de agua. Me estaba enamorando hasta los huesos de una chica diferente a mis ex.







-Aló, Silvia. Habla Mauro.






Lo recuerdo sentado a mi costado, en una cama de sábanas blancas. Me mira con ojos culpables, yo le devuelvo una sonrisa inconclusa. Nos casamos hace un par de meses, una boda simple en una ingente iglesia del centro de Lima. Asistieron su familia, mi familia y amigos comunes. Tengo colgado en las cuerdas de mi cerebro su imagen en terno negro, su cabello castaño, sus ojos lineales y facundos de siempre, su cara de yo no fui, su maldita sonrisa deshonesta. Me iba a casar con Mauro, el primer chico que metió mariposas en mi estómago a la fuerza, el que tenía una fragancia deliciosa que enfermaba mis mañanas en la universidad. La tarde de la boda fue monótona y aburrida. Todo pasó a la carrera, nos casó el padre que me confirmó. Mi madre no lloró de alegría, lloró de alivio, porque por fin yo crecía y pasaba a responsabilidad de otra persona. Divisé a mi padre, allá en los Estados Unidos, maldiciendo a Mauro y a la tormenta que impidió su viaje. Toda la familia pensó que yo estaba embarazada por la proximidad de la boda y mi cara de niña emancipada frente al altar. Mauro y yo nos miramos asustados al escuchar esa afirmación popular que rondaba por toda la ceremonia. Acaricia mi rostro, su cabello está despeinado y sus ojos rojos. Me gusta mirarlo, contemplar las imperfecciones que delatan su infidelidad. Todos los domingos es lo mismo, los dos aparecemos sentados al filo de la cama con la inseguridad matrimonial al descubierto. Sus sábados transcurren en Miraflores y Barranco, se conoce todas las discotecas del mundo. Sale en todas las páginas sociales de los periódicos. Saluda, sonríe, con una copa de whisky en la mano y un cigarro entre los labios. Su prestigio literario lo hace famoso. Lo invitan a presentaciones de libros, a cócteles iluminados por flashes. Me enferma su beodo olor en las mañanas, él es el causante de mis dolores de cabeza y de otras aflicciones internas de las que prefiero no hablar. No te preocupes, Mauro, nunca voy a exteriorizar mi incomodidad, sé que para ti mi personalidad parca y misteriosa es mi mayor virtud. Una virtud que tus amigos celebran y mis amigas critican.


-¿Qué saben ellas de nosotros?- me dices, refiriéndote a nuestro versátil matrimonio.


Ayer fue el colmo, la infidelidad más detestable y negra en la historia de mis veintidós años. Llegaste con tu inconfundible cara de inocente, con mil tragos de más. Para preocuparme, me enseñaste las llaves del auto. Yo traté de mantenerme inmutable y a escondidas recé un padre nuestro por la vida de mi esposo alcohólico al volante. Abriste tu mochila, templo de cajetillas de cigarro, tarjetas de crédito, libros y destapadores. Y sacaste un libro de Pablo Neruda. Me abrazaste y dijiste que me amabas. Entonces, esa familiar madrugada se convirtió en el acto más vil de la infidelidad masculina y en la verdadera razón por la que no he pedido el divorcio. Le fuiste infiel a tus vicios nocturnos, y me dijiste con un libro que me amabas tanto, más o menos que yo a ti. Es este amor tan extraño y contradictorio que siento por ti el que me obliga a permanecer a tu lado y dejar intacto tu lado claroscuro de adolescente.

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