Empiezo esta entrada escuchando Mediocre de Ximena Sariñana, canción que dice mucho de lo que quiero hablar y me dispongo a escribir. He boceteado muchas veces esta historia, de hecho, tengo un cuadernillo lleno, cuyo título es cuando uno más uno no es dos. Pero prefiero improvisar, ser sincera, decir lo que me dicte el corazón y no la planificada mente. Empiezo con una conclusión : ¿Cómo rayos pienso recordar algo que no ocurrió? Hace un par de días descubrí que no hay nada, NADA qué recordar. Últimamente, ando confundiendo la realidad con la ficción. Sé que éste par juega sucio y que me voy a volver loca. Una soledad calculadora me persigue desde que encontré esta palabra (soledad) en el diccionario y en una canción. En primaria, siempre estuve rodeada de muchos amigos (los mejores, tal vez), una sonrisa sincera caracterizaba mi rostro, era Alejandra, la risueña. Una decisión mal tomada y la irresponsabilidad de mamá hicieron que cayera en ese colegio de mujeres en secundaria. Un colegio que, de bonito no tenía mucho y de amigable menos. Lo más raro era que antes de los primeros días de marzo, fecha en la que empecé clases, ya tenía un par de amigas aseguradas: Estephy y Joss, amigas de primaria. Los primeros días fueron los más elocuentes de mi vida. Hice amigas por montón, el salón entero sabía mi nombre y apellido. Yo no entendía muy bien qué pasaba, extrañaba mis momentos de silencio. Además, tenía apenas 12 años, no sabía lo que quería, aún no conocía el amor (no lo conozco todavía, creo), no sabía qué era necesitar a alguien que no fuera mamá, había dejado de escribir en diarios que olían rico y escribía al final de mis cuadernos. Entonces opté por la palabra, por contárselo todo a alguien que no se moviera: a una hoja. Sabía que el acto de escribir era un acto solitario y profundo, lo había escuchado en la tele, cuando entrevistaban a un escritor de cabellos blancos. Estaba decidido, no iba a hablar con nadie, o en el mejor de los casos, iba a hablar poco. A esta decisión la acompañó mi dedicación a las tareas y exámenes, pensaba que solo servía para fines académicos. La sobreprotección de mamá y la desaprobación de papá me tenían confundida , mi autoestima estaba más chiquita que yo. En las mañanas, no quería ir al colegio. Un nudo en la garganta se apoderaba de mi estado de ánimo, hablaba bajito, olvidaba decir presente cuando pasaban lista, era un fantasma. Lloraba todos los días, todos. En silencio, claro, nadie podía verme así, yo era feliz para el resto, era la hija que toda madre quería (eso me lo escribió una profesora en quinto de secundaria), tenía buenas notas, ''un futuro asegurado en una buena universidad''. La más bonita y perfecta mierda. Bueno, ahora me aburro un poco de esa soledad que por mucho tiempo disfruté. En realidad, me duele. Me duele no tener con quién hablar sin limitaciones, me duele estar encerrada en mi misma la mayor parte del tiempo, me duele que las historias que leo sean mil veces más interesantes que mi propia vida. En un principio pensé en hablar de este chico por el que aún muero, pero ahora descubro que solo era rutina, que todo se reduce a esta soledad del carajo que enferma mis mañanas y mis tardes y mis noches. En todo caso, el amor duele, el descubrimiento de la vida. Ja.
Ale.
:) POst genial ale!:D!
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