Sabía que Diego era un nombre bastante común y que tendría que escucharlo por el resto de mi vida. Esta entrada me ha costado muchas noches de insomnio, muchos cafés, mucha alergia, mucho dolor y nostalgia. ¿Nostalgia? La peor, la nostalgia de la que alguna vez habló Betsi por facebook, la nostalgia que uno siente por algo que nunca pasó. He tenido que abrir muchos cuadernos y leer muchas anotaciones hechas a la carrera en algún papel cualquiera. He escuchado esa carpeta con su nombre. He ordenado esta historia y la he revelado en un cuarto oscuro. Le he sido infiel a mi recuerdo. Me he sentado a escribir, a empezar a cerrar esta situación que me deja con cara de zombie y aspecto Patti Smith. He corregido mil veces mis ideas, he roto papeles que eran o muy duros o muy cursis. Me he sentado a hablar conmigo misma. He separado con pinzas la realidad de la ficción. Estoy estudiando este curso, el cual hace rato jalé: Introducción a la historia de Diego.
Todos se llaman Diego y él no es la excepción. Lo conocí en ¿mayo? (qué mala memoria). Quisiera recordar cómo rayos fue el 2009 antes de conocerlo, pero no puedo. Me confundo de salón, de tutor, de amigos. Llegué a Pamer en marzo porque no ingresé a la Católica. Desde segundo de secundaria, la PUCP estaba en mis planes. Averigüé las carreras, la pensión, todo. Esa iba a ser mi universidad y “yo iba a ingresar a la primera”. Postulé a una carrera nueva: Comunicación para el desarrollo. A Literatura no, por insistencia de mis padres y porque me daba miedo enfrentar la única cosa buena que me pasaba en la vida: escribir y leer. Fue una mala idea terminar el colegio en el 2008, en mi casa todo andaba mal: mamá no conseguía trabajo y papá seguía con su sueldo chiquito. La Católica solo podía llegar a mis manos con una beca. Y eso no pasó, no quedé en los diez primeros. La poca coherencia que tenía mi vida al salir del cole se había desmoronado. Y todo era mi culpa, me pasaba más horas pensando en cómo me iba a ir en la Cato que estudiando. No merecía ese ingreso.
Extraño a la Alejandra del colegio. Todos los años llegaba a mi casa un diploma, me esforzaba, tenía buenas notas. Mentiría si digo que fue pura convicción, yo vivía aterrada por los exámenes, sentía que era una buena para nada, lo único que podía controlar era mi disposición para estudiar. Me sentía poco atractiva y pensaba que solo servía para fines académicos. No me equivocaba (o tal vez sí, quién sabe) tenía pocas amigas, no salía los fines de semana, odiaba las fiestas (me dan dolor de cabeza y siempre termino siendo la chica del parlante). Prefería estar en casa, sola. Del cole recuerdo mucho, era de mujeres y ahí descubrí que existía un grupo de personas que se ganaban la vida (y la felicidad) contando historias. Me gustaba ser independiente y leer en la biblioteca (la cual era tan pequeña como mi cuarto). No pertenecía a ningún grupo, me divertía con todas. Los primeros años de secundaria me enamoré de un señor con lentes redondos: Alfredo Bryce Echenique. Un mundo para Julius fue lo que me salvó del aburrimiento durante mi exilio por tener varicela. Aprendí que la monotonía que vivía a diario era una manera estúpida de pasar los días. Yo quería las aventuras de Julius, jugar en una carroza, tener una hermana, preguntar todo. Esos días de fiebre y picazón fueron el origen de una Ale lectora y (vagamente) escritora.
Me da miedo llegar a la conclusión de que no me parezco nada a esa Alejandra, la cual, un día, se convirtió en Aleha. En el colegio, leí muchos libros que he olvidado con el tiempo. Mi vida se resumía en cuatro cosas: estudiar, respirar, leer y escribir. Es decir, nunca me daba la oportunidad de enfrentar la realidad, ni mucho menos de conocerme. Era casi un robot.
Bueno, estaba en que lo conocí en Pamer. No había vivido tanto como él (ni escrito, ni leído). Mi ingreso a San Marcos iba por el mal camino. Conocerlo significó conocerme a mí misma. Porque descubrí que podía sentir cosas más fuertes que el miedo y la soledad, porque ya no se trataba de algún problema menor que podía resolver con mamá o que podía meditarlo en el micro: Yo estaba “enamorada”, o al menos eso creía. Mi experiencia con los chicos era totalmente nula, tenía pocos amigos, ninguno de ellos compartía mis intereses, eran amigos por rutina, nunca por definición. Pamer me chocó, no solo por la exigencia intelectual, sino también porque empecé a conocer gente demasiado rápido, cada día conocía a alguien nuevo. Fue un mal momento para el nacimiento de mi lado sociable.
Creo que nunca lo terminé de conocer. Teníamos una amiga en común, y bueno un día llegué tarde y me senté a su costado. Una EVA de geometría y una mirada rápida al cielo demostraron que yo estaba ya mal. Él resumía (ya no más) todo lo que yo nunca había hecho y quería hacer. Era como el fruto prohibido (¡qué rayos!). Mi primera rebeldía (a los 17 años). Entonces, los días en Pamer ya nunca más fueron los mismos: anotaba mil cosas en un cuadernito, poemas según yo, pensaba en todo, en por qué iba a estudiar algo que no quería, por qué siempre quería complacer a todos, etc. Decidí cambiar, no sé si para bien o para mal, pero quería cambiar. Ya no estudiaba con las fuerzas del colegio, leía un rato, me distraía y escuchaba música o escribía, mis notas eran pobres, mi tutora pensaba que yo no iba a ingresar. Y tenía razón. Seleccionaba cursos, solo estudiaba los cursos que me gustaban, literatura, trigonometría, historia del Perú, Economía. En los orales era una vergüenza : casi siempre me botaban del salón. Me parecía rara la urgencia que tenían todos por ingresar, y claro, cómo iba a entenderlo, si yo no quería la carrera a la que postulaba. Luchar por algo era un tema que me parecía muy frío y común. Y Diego me contaba todos los días sus aventuras , las cuales casi siempre me decían entre líneas tú no haz vivido nada. Yo moría por dentro, en especial cuando me hablaba de sus chicas, las cuales para mí eran superiores. No entendía lo que me pasaba, mi corazón latía fuerte, sentía un vacío en el estómago, no tenía hambre, paraba siempre distraída, escuchaba a Fito Paez. En esa época, mamá tenía mil trabajos y me sentía mal por ella, yo sabía que no iba a ingresar en septiembre. Un día, tuve algo así como una iluminación en el micro. Enamorarme de Diego era mi más grande atrevimiento, y al hacerlo (según yo) iba a convertirme en una MUJER e iba a dejar a esa niña que todos veían como la amiga graciosita. Me iba a volver un ser humano sensible y sincero. Y ahora me doy cuenta de lo tarada que fui. Yo lo único que necesitaba era conocerme a mí misma y decidir qué rayos quería hacer con mi vida. Diego fue una señal, un stop. A veces creo que Diego no existe, que no es más que un invento mío. Una necesidad imperiosa de querer a alguien, de ordenar mis ideas. Es decir, Diego no es una persona, es un conjunto de confusiones mías, pobre de él, que llegó a mi vida justo cuando yo tenía todo revuelto. Él es la manifestación física de mis miedos. Él (persona) no se parece en nada al Diego de mis historias (mil gracias a Enrique, amigo psicólogo del facebook, quien me hizo entender esto). En todo caso, tengo algunos recuerdos que están volando en mi cabeza ahora. Me gustaba mirarlo cuando leía. El sol (enemigo) lo iluminaba. Rayos, era una imagen casi perfecta: él, un libro, el cielo de fondo. No escuchaba la voz del profesor ni las risas de mis amigas. Había creado un mundo paralelo en el cual, según yo, enamorarse no era una mala idea. Qué tontita. Hace poco, descubrí que las canciones que yo escuchaba cuando pensaba en él, él las escuchaba pensando en otras chicas. Qué triste. Para él (me alegra y entristece a la vez) yo solo fui una amiga más, de esas que escuchan en momentos difíciles, un papel en donde siempre se puede escribir. No es su culpa, ni tampoco la mía. (Silencio incómodo entre el teclado y yo). Ay, Diego ha sido muy muy difícil aprender a quererte como amigo. Ya lo logré (creo). Ha sido complicado dividirte, un lado amigo y otro lado ...no sé cómo llamarlo. En fin, ser brothers es fabuloso. Algunas veces he tenido que mentirte para no arruinar las cosas. Yo nunca quise estar contigo. ¿Qué raro no? No sé, te quería pero no quería llegar a ese punto (porque sabía que no pasaría y porque creía que no era el momento). Y bueno, hace rato que no estás. ¿Estuviste alguna vez?
Caray, Ale,cada vez me sorprendes más. Eres, si quieres, como una película: mientras más la veas, más detalles vas a captar. Escribes asombroso. Y no creas que, con esto, solo me fijo en la forma y no en el fondo, porque debes saber que tenemos muchos momentos así en común, y haces que me sienta identificada. Te debo una prestada de DVD.
ResponderEliminarPorque ya no escribes en este blog?
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