You'll find a way to spit it out, again".
Alex Turner.
Estoy caminando despacio, hasta podría decir que cuento mis pasos, una calle me parece conocida, se llama Av. Soledad. Podría decirse, también, que estoy mejor que antes, que hoy no ha llovido y que el cielo está gris por puro placer. Saco la dirección de mi bolsillo y busco los números, estoy bastante lejos de mi destino, así que decido tomar un micro, al parque Kennedy, por favor. Estoy nerviosa, paso las canciones del MP3 y no las escucho, juego con los audífonos, me pongo roja, y en ese momento, la voz infinita de Cerati me dice que el vacío es un lugar normal. Le creo, es un lugar normal y muy recurrido. Bajo, me chocó con un grupo de chicos con dreads, uno de ellos me sonríe, algún efecto tiene este polo de Led Zeppelin. Mi cabeza se divide en dos, el corazón de la razón me dice que no cruce, que este dejó de ser un juego de niños hace tiempo. Me miro con desprecio, porque siempre Miraflores termina siendo el peor lugar, nostalgia tonta, miradas avergonzadas, cigarrillos elocuentes. La temperatura ha disminuido, lo sienten mis manos, no sé si soy la única que nota lo gélido del clima o es mi nerviosismo, el cual hace que mi presión caiga en un tobogán, tengo ganas de hacer pila, me arden los ojos porque los he delineado, corro al baño. Cruzo la pista y según yo, esa vana acción me hace madura. Recuerdo cosas que en realidad nunca pasaron y me siento en una maceta gigante a esperar. A esperar más. A seguir esperando. A esperar por última vez. Prendo un Lucky y empieza mi pelea cotidiana con el tabaco. No, hoy no me mareas, hoy no me siento triste, hoy voy a aclarar todo, hoy te fumo sin remordimientos, hoy no está mamá reventándome el celular, hoy soy grande. La mano cálida de Alex revive momentos malos, pasan los años y lo veo incrustado en otra historia mía, lo miro fijamente (como nunca) y lo abrazo. Suspiro en su hombro y siento como los gatos del parque juegan con los pesos que me voy quitando de encima. “El problema es que Alex no existe, Ana, tú lo inventaste”. Siempre él habla más que yo, así que decido contarle algunas cosas, estoy leyendo a Vargas Llosa y a Cortázar, siento que estoy metida en el paréntesis de un paréntesis, ¿entiendes?, como si la felicidad y la tristeza fuera prescindibles, igual mi vida sigue tornándose muy filosófica y como hay mucho tiempo…Llegamos a este lugar, una banca, una escultura de Szyszlo, el mar, mi verdad. Abro mi bolso y saco un clip. Le digo que me dé su mano, él se ríe. La abro y pongo un clip violeta entre sus dedos, la cierro. Ya no te puedo ver más, Alex. Tú no dices nada, parece no importarte, es viernes así que puedes irte. Seguro más tarde saldrás y bueno, no me importa (¿no me importa(s)?). Lo del clip está clarísimo, en él te estás llevando todos los correos, todos lo papelitos escritos en cualquier lugar, todas las canciones, todos los sentimientos volubles, todos los “te extraño” y los “te odio” también. Te sonrío y bajo la mirada, y pensar que había imaginado este momento muchas veces. Pero así es todo, plano, indistinto, tonto, amarillo. Me quedo sola y veo cómo te marchas con las manos en los bolsillos, no sé si estás triste. Te cambio por el mar, lo miro a él y lloro. Lloro para adentro, me trago mis lágrimas, recuerdo lo que dije hace varios años atrás, “yo nunca voy a llorar por un chico”. Y es verdad, Alex, tú no eres un chico, eres un invento mío. Chau, Alex, te quiero mucho, pero no debo hacerlo. Hoy soy grande, hoy mamá no revienta mi celular, hoy fumo y no me mareo.
(Cada vez que vuelvo a pensar en él, una melodía borrosa cruza mi cerebro, es como si cambiara de estación a cada rato, como si buscara una canción que encaje con mi rara relación con él, pero el resultado es desfavorable: no existe tal tropiezo musical)(Ana había llegado a ese nivel de tristeza al cual yo solo puedo llegar después de varias copas. Me dijo que la disculpara, que se sentía muy tonta porque no sabía el motivo de su llanto)( Había cambiado las galletitas por cigarros light, guardaba fotos en blanco y negro, se sentaba a pensar. Ana se había convertido en una espectadora de la vida, en un ser humano transparente que caminaba rápido. No sentía el calor de su hogar, no quería hablar de cosas tristes con nadie, no podía escribir como antes. Sus frases y sus acciones resultaban torpes e infantiles, hacía todo lo posible por demostrar que había crecido, que esas ojeras y esas sonrisas forzadas eran parte de un cambio. Ana cree que Fabián es superior, lo mira distinto, espera algo de él. Pero no hay respuestas, el brillo de sus ojos la delata)( La niña que corría despacio y nunca podía quedarse afuera pasadas las 6 y 30 de la tarde se ha convertido en una mezcla rara de confusiones vocacionales, de vacíos infinitos en el estómago y de mirada triste. Hoy me duele no poder escribir como antes, sentir que mi mano y las palabras se han peleado, ver dormir a mi fluidez literaria, pasar madrugadas sin crear ni una sola oración, fumar compulsivamente pensando en que la Literatura y yo estamos en una relación complicada y abierta, tan abierta que no existe ningún tipo de compromiso).
-Es todo por hoy, Ale. La próxima que sea Ale la que crezca y no Ana.
Abro mi bolso y saco mi billetera, hay muchas cosas, encuentro un clip en el piso y lo guardo, se mezcla entre mis boletos de combi y mi carnet de estudiante. Salgo del consultorio de Kike y no hace frío.
A todos nos falta crecer o dejar las malas memorias detrás pero es re difícil y no encuentro como hacerlo, mencanto :)
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